Mi nombre es Nikiema Yata, y soy herrero. Mi padre era herrero, y el padre de mi padre también. Todos mis antepasados, desde que la memoria alcanza, se han dedicado a esta noble ocupación. Entre nosotros, el oficio de artista no existe. Somos los herreros los encargados de hacer lo que los extranjeros llaman arte. En realidad, nos limitamos a materializar lo que las fuerzas ocultas nos han revelado, tanto a nosotros como a nuestros antepasados. Somos los intermediarios entre lo terrenal y lo que hay más allá. Por eso, nos respetan los poderosos y nos quieren los humildes. Nuestra familia y nuestra fama se extiende por todo el Sahel, desde el árido desierto hasta las selvas impenetrables
La mayor parte de nuestra cultura, siempre ha estado oculta a los extranjeros. A diferencia de otras, la cultura africana es transmitida oralmente de padres a hijos, sin necesidad de la escritura. Esto nos ha impedido divulgarla a otros pueblos, y a su vez nos ha permitido evitar su vulgarización y su mancillamiento. Por eso, nuestra cultura y sus manifestaciones permanecen intactas e incomprendidas para la mayoría de los extranjeros. Todo el mundo ha visto nuestras máscaras, pero pocos saben que cada máscara tiene un significado que sólo nosotros conocemos. Esto ha sido así desde siempre, y aunque algunos extranjeros hayan creído desvelar sus secretos, la verdad es que lo han logrado de una forma muy limitada.
Pocos saben que, cuando una máscara está viva, sirve de intermediaria entre el hombre y el mundo de los espíritus, y hay que hacerle ofrendas y sacrificios. Cuando la máscara ha cumplido su función, se la debe enterrar por dos motivos. El primero, porque se trata de un ser querido, y como tal debe recibir respetuosa sepultura. El segundo, para preservarla del robo al que desde siempre han sido tan aficionados los extranjeros, que incluso han llegado a cometer el sacrilegio de llevarse máscaras vivas para depositarlas en museos, donde agonizan sin recibir ofrendas ni sacrificios.
Pero los tiempos han cambiado. Las incursiones extranjeras, que tanto han intentado mediatizarnos desde la antigüedad, han perdido ahora su carácter conquistador y belicista. Los guerreros que antes venían atraídos por la codicia a someternos y esclavizarnos, han desaparecido. En su lugar, acuden a nosotros legiones de voluntarios deseosos de ayudarnos a combatir la pobreza. Los motivos que les traen son muchos y muy variados: bondad, religión, búsqueda del cariño que se les niega en su tierra, curiosidad por conocer otra forma de vida, afán de aventura..., y en el fondo, la intuición de que, si el mundo no nos ayuda, África terminará por explotar, y la onda expansiva hará temblar los cimientos de la Tierra.
Desde el corazón de África y con el beneplácito de nuestro hermanos africanos, ha llegado el momento de ofrecer al mundo nuestras máscaras y tallas de madera, junto con los instrumentos musicales que acompañan nuestros rituales, y otras manifestaciones de nuestra cultura como las esculturas de terracota y bronce, los tapices, los sables, los muebles que adornan nuestras casas, nuestras joyas y nuestra ropa .
Nota: Nikiema Yata es un personaje ficticio creado por José Francisco Ortega.