Nota de José Francisco Ortega, propietario de africaclub.com: Éste es el relato del viaje transahariano de mi tío José Ramón escrito por él mismo, en el que yo también participé. Fue mi primer viaje.
1. JUSTIFICACIÓN
Agosto de 1987. Vuelvo a Tenerife después de pasar un mes en África. Me encuentro con un cuaderno de notas en el que he ido apuntando los acontecimientos, unos pocos dibujos y una colección de fotografías. Repasando todo esto, me ha parecido oportuno ponerlo en limpio. Para mi propio recuerdo y para satisfacer la curiosidad de quien la tuviera.
Me veo obligado, ¿cómo no? a contestar las preguntas de mis compañeros de trabajo. Unas son superficiales y no tienen otro propósito que satisfacer curiosidad. Yo agradezco la oportunidad de presumir, hablo un poquito del viaje y quedo a la recíproca. Otras son más insistentes, se hacen con verdadero interés y se nota en ellas una sana intención de compararse.
¿Lo habría hecho yo? Es la pregunta que no me hacen, aunque se les nota la intención a los que, como yo, se van haciendo viejos. Les extraña que un hombre de oficina, más entrado en años que en músculos, cometa la locura de cruzar el desierto en pleno verano.
¿Has leído "Tuareg"? me pregunta uno. No, no he leído Tuareg, y me alegro. Me hubiera impedido ver África a través de mis propios ojos.
Entonces no es tan duro, aventura otro con clara intención de tranquilizarse. Se le nota que trata de darse por apto evitando demostrarlo. Pues bien, sinceramente debo confesar que si, es tan duro. Para mi al menos lo ha sido. Y tan duro pensé que sería cuando decidí ir, que no fui engañado.
¿Pues qué rayos ha ido a hacer este tío al desierto, en pleno verano? Por descontado, influyó el deseo de ver cosas nuevas. Por otra parte, se me presentaba una oportunidad: el hijo de mi hermano iba a llevar a Malí cinco coches, con intención de venderlos. No es muy buen negocio, me dijo, pero si gano un poco de dinero llevando un coche, algo ganaré llevando cinco. Argumento que no parecía tener vuelta de hoja. Un poco de fantasía era mi tercer motivo. Como ferviente lector de novelas de aventuras, podía encarnar un papel larga y secretamente soñado: el de aventurero. Pero ninguno de esos motivos, ni siquiera los tres juntos, me hubieran decidido, a no ser por una cuarta razón: mi sed de libertad.
No es que huya de mi mismo. Menos aún, que huya de otro y necesite poner tierra por medio. Ni que pretenda deshacerme de lo contingente para sumergirme en lo absoluto. Aunque, bien pensado, por ahí pudieran ir las cosas. Uno está siempre rodeado de cosas, revestido de cosas, protegido por cosas que pueden hacernos pasar por liebre siendo gato. Uno, en momentos de crisis, se hace preguntas que le dejan mosqueado: ¿me respetarán por mi cargo? ¿me querrán por mi dinero? ¿seré eficaz gracias a mis colaboradores? ¿saludable gracias a mi régimen de frutas y yogurt? ¿guapo gracias al tinte que aplico a mi barba?
Estoy de acuerdo en que lo mejor es no preguntar. Pero las preguntas, una vez formuladas, se hacen tiránicas. Y empiezan a perseguirle a uno imágenes tan poco gallardas como un gallo sin plumas, un león sin melena, una tortuga sin cáscara, a las que hay que salir al paso diciendo: ¡yo no soy este! Claro que no basta decir para quedarse tranquilo. Es preciso demostrar.
Por una serie de circunstancias que no hacen al caso, me enfrentaba a estas preguntas. Y me pareció que el viajecito venía al pelo para darles cumplida respuesta, demostrando que mis temores eran vanos. Claro que, tal vez no era el temor lo que me empujaba. A lo mejor era el erotismo, que todo es según se mire. Soy del mundo, parte del mundo, y deseo sentir el mundo que me rodea. Cuerpo a cuerpo, carne con carne, sin preservativos, ¿me comprenden? Porque preservativos son, al fin y al cabo, todas esas cosas que nos rodean y protegen y que nos hacen sentir seguros y hasta, llegado el caso, superiores.
Necesitaba, de repente, experimentar la importancia de tener o no tener agua y comida. Necesitaba confrontarme con otros hombres, sin las ventajas de la civilización a mi favor. Les aseguro que, verme en el avión de regreso llevando un chándal sucio, una mochila casi vacía y ningún dinero entre cien africanos elegantemente vestidos, me hizo sentir impresiones totalmente inéditas. Y, sobre todo, necesitaba verme con mis neurastenias y mis achaques, en un clima hostil, sin la seguridad de un médico próximo dispuesto a sacarme las castañas del fuego.
Por un incendio, por un producto mal enlatado, por un hospital mal atendido o por un camino demasiado estrecho para que pase una ambulancia corren torrentes de tinta, arrastrando cabezas de responsables. Y no es que importe el hecho, que me parece bien. Lo que me da rabia es la causa. Vivimos en una sociedad enferma de miedo, que pierde el culo tras la vana quimera de suprimir los riesgos mientras, paradójicamente se traga centenares de muertos semanales a lomos de esa vaca sagrada que es el automóvil, contra la que nadie se atreve.
Lo que yo quería, siquiera una vez en la vida, era medirme a cuerpo limpio con lo que me corresponde, con mis riesgos naturales. Sin que una sociedad con la que convivo pero a la que no entiendo, se me interponga ofreciéndome protección, mientras me echa encima los humos de una refinería, los riesgos de una guerra nuclear, o un camión de veinte toneladas, si llega el caso.
No se si queda explicado porqué se me ocurrió cruzar el desierto en pleno verano. El caso es que me entraron ganas de poner a prueba mis posibilidades y las puse. Y como llegué al límite de ellas, creo que el viaje fue un éxito. He sacado muchas enseñanzas que iré narrando.
2. PREPARATIVOS
Vivo en Tenerife y veo a mi hermano, que vive en Madrid, muy de tarde en tarde. Y es menos aún lo que veo a mi sobrino Antonio. Mi familia es numerosa por tradición. Siete hermanos que, convenientemente multiplicados, hemos llegado a reunir, treinta y cinco retoños. Éstos, ya adultos, nos van desplazando, ley de vida, y arrinconando en la reserva. Nos consideran envases desechables de los que, extraído el contenido útil, que son ellos mismos, es mejor desentenderse. Nosotros en compensación, resistiéndonos a abandonar el machito, les consideramos calderilla humana y, lo que aún es peor, confundimos los nombres de unos con los de otros.
Fue en mayo de 1987 cuando, en una de las pocas visitas que hago a casa de mi hermano, mi sobrino Antonio me habló de sus planes de viaje. Salvando el vacío intergeneracional, tal vez estimulado por mi extremado interés, tuvo la bondad de desplegar un mapa Michelín de África occidental, describirme el itinerario y hasta insinuar que podría acompañarle.
Lo que yo sabía de él era lo que me habían contado sus padres, que comenzó a trabajar a finales de los setenta en una agencia de viajes despachando billetes y, después, acompañando turistas a África. Luego empezó a hacer viajes por su cuenta, y fue llenando la casa de objetos africanos. Su madre no sabía dónde ponerlos.
Era una versión ingenuamente maternal de quién era mi sobrino Antonio. Basado en ella, sin sarcasmo, pero también sin reverencia, yo empecé a llamarle "Explorador". Fue luego cuando empezó a crecer a mis ojos como hombre de acción. Su irreflexión, su indiscutible tendencia a meterse en líos, así como un inexplicable instinto para salir con bien de ellos, fueron mostrándome, a medida que fui conociéndole mejor, que mi apelativo no le venía de ninguna manera grande.
Poco tardó su insinuación en convertirse en propuesta. Consistía su plan en comprar cinco viejos Peugeot en Alemania y venderlos en Malí. Yo podría ser el chofer de uno de ellos. Le pregunté porqué no llevaba los coches por barco hasta Dakar. Viendo el mapa, parecía lo más lógico. No lo deseable, pues hacerlo así daría al traste con la aventura. Me dijo que el puerto de Dakar es muy inseguro, probablemente le robarían todas la ruedas. Al hablarle del calor del desierto, me tranquilizó sobre la marcha: con aire acondicionado no hay porqué preocuparse del calor. Luego resultó que la previsión, como tantas otras, era totalmente gratuita, ya que ninguno de los coches llevaba aire acondicionado. A su debido tiempo quitó importancia a la nueva situación: viajaremos con las ventanillas abiertas.
Otro de los candidatos a chofer era su hermano José. Presentaba el inconveniente de no tener permiso de conducir, pero eso no importaba. Tomada la decisión, el permiso se sacaba, y a otra cosa. Ni por un momento pensaron que en esa lotería le pudiera caer un suspenso. Afortunadamente aprobó a la primera, y su estreno consistió en recorrer media Europa para traer los coches desde Alemania.
El cuarto chofer era Pepe, casado con mi sobrina Cristina, y funcionario como yo. El quinto era Rafa, único miembro de la expedición que no pertenecía a la familia, pero que estaba relacionado con ella por una estrecha amistad. Cerraba la dotación, con permiso de la galantería, la única mujer. Mari carmen, sobrina de diecisiete años, a quien, con más cariño que prudencia, encomendaron la responsabilidad de las provisiones.
Como es lógico, esperaba que el organizador me diera instrucciones concretas para preparar el viaje. Vana espera. Muy ocasionalmente, me llegaron algunos comentarios hechos sin el menor interés didáctico: si quieres lo tomas, y si no, lo dejas. No, en el desierto en verano no hace frío por la noche. Eso es en invierno. Mejor que saco de dormir, una sábana cosida. Pesa menos, y es suficiente. Hubo un consejo que me pareció especialmente divertido, y me propuse seguirlo: Lleva ropa usada para vender. Un traje viejo puede darnos para una noche de hotel.
Con normas tan poco concretas, preparé las cosas a mi manera. Renové mi pasaporte, me vacuné de lo que me indicaron en Sanidad Exterior, cambié pesetas por francos y, tan pronto como supe la fecha concreta, saqué pasaje para volar a Madrid. En un folio apunté lo que pensaba que me haría falta, según se me iba ocurriendo. Hice anotaciones durante los tres días anteriores a la salida. Cuando ya no tenía tiempo para anotar más, reuní todo lo que había en la lista y lo metí, sin orden ni concierto, en una maleta de hule pequeña y en una mochila de excursionista dominguero.
Lo primero que apunté fueron tres trajes usados, un batín de seda roja y dos pares de zapatos, para vender. Seguía en la lista un saco de dormir normal que, a la postre, no pesaba tanto. Un par de calcetines de repuesto, cuatro pañuelos, un bañador rojo, una camisa blanca de manga larga, un pantalón viejo con las piernas cortadas, y un sombrero de paja, también viejo. Gafas graduadas de repuesto, gafas de sol, una brújula, un termómetro condenado de antemano pues no era capaz de marcar más de cincuenta grados, así como algunos otros utensilios pertenecientes al "grupo mixto", como linterna, aguja e hilo, navaja, papel higiénico, una curiosa bolsa cinturón que luego descubrí que llaman riñonera, diez latas de anchoas y una cantimplora de plástico. Un botiquín demasiado básico con esparadrapo, mercromina, tijeras, pinzas, una jeringuilla desechable y vitamina C en comprimidos. Un espejo, brocha, jabón y cuchillas para afeitar, un peine, cepillo y pasta de dientes, cepillo de uñas y dos jaboncillos. Entre los documentos, el pasaporte, el documento nacional de identidad, mi carné de conducir, certificados de vacunación, billete de avión y dinero: cinco mil francos franceses, y diez mil pesetas.
Para tomar notas, compré un libro tamaño folio con cien hojas de papel rayado, encuadernado en cartón, así tendría un apoyo rígido. También treinta hojas de papel de dibujo. Hice con todo un paquete bastante cómodo. No me olvidé de un bolígrafo, dos portaminas, lápiz pequeño, un sacapuntas, goma de borrar y un tomo de "En busca del tiempo perdido", de Proust.
Creo que , pese a lo sumario del método, mi equipaje fue lo único verdaderamente meditado de todo el viaje.
3. LLEGADA A ÁFRICA
Dos de julio. Viajo desde Tenerife a Madrid en un aerobús. Me encuentro con algunos conocidos, pero me acomodo lejos de ellos, pues quiero complacerme en considerar la situación. La suerte está echada. En el fondo de mí, quizás en lo más vil de mi, arde una llamita de temor que, a la vez, confieso y combato. El miedo a esta noche, que promete ser de pesadilla, conduciendo sin dormir, desde Madrid a Almería. El miedo a sufrir. El miedo al tétanos. El miedo a esa nueva enfermedad que llaman SIDA, que dicen viene de África. El miedo a todo. Otra parte de mí me recuerda que he sido yo quien, de forma libre y terminante, he aceptado cuanto venga, que es ya inevitable. No puedo dar marcha atrás. Así pues, ¿quién dijo miedo?
He devorado hasta la última migaja de mi cena, como acostumbro siempre que viajo en avión, y me dispongo a dar una cabezada. Aún no lo he conseguido, cuando el comandante nos informa de que estamos entrando en la Península. A la derecha, Cádiz. A la izquierda, Huelva. Muchas gracias, Mis últimas esperanzas de dormir se desvanecen.
A las once de la noche me esperan en el aeropuerto. Creía que con los coches y los equipajes preparados, que era lo acordado, pero no. Es necesario ir a casa de mi hermano. Tomamos café, hacemos tertulia familiar y luego, con una despreocupación que no dejar de sorprenderme, se cargan los coches para la travesía de África.
No es mi cometido inventariar o no inventariar. Al parecer, no es cometido de nadie. Entre las cosas que se cargan, llaman mi atención un baúl de hierro negro con las cosas pertenecientes al explorador, muchos radiocasetes y altavoces que, en un santiamén mi sobrino José acopla a los coches, unos grandes bidones verdes vacíos, y unas cajas de provisiones, que más aspecto tienen de golosinas que de viático para una aventura como ésta.
Al fin arrancamos. Mi coche es de color gris oscuro. Como no conozco el arte de circular por Madrid, salgo en pos de los demás. Nos dirigimos a la famosa M-30, que parece conferir a los madrileños una iniciación de la que los demás carecemos. Luego, a través de muchos desvíos, en los que irremisiblemente me hubiera perdido, nos encontramos en la N-IV, que nos conducirá hasta Bailén. Desde allí a Almería, ya se verá.
Con éxito lucho contra el sueño y el cansancio, haciendo vanos mis temores a esta primera noche. Cada vez que hay oportunidad, paramos a tomar un café. Al pasar por Despeñaperros, hay un intenso olor a pinos. Al pasar por Bailén, huele a aceite. Más adelante, sin duda atravesamos rastrojos, huele a mies. En este trayecto nocturno y poco tenso, el paisaje está constituido por olores.
Son más de las cuatro de la mañana y ya hemos pasado Jaén, cuando nos detenemos a descabezar un sueñecito. Abato el respaldo de mi asiento e intento dormir sin lograrlo. Pero, en un momento de descuido amanece, lo que me demuestra que si he dormido.
Desayunamos en un bar que hay al otro lado de la carretera. En Iznalloz nos desviamos para coger la ruta, según el plano, más aconsejable. Pero el plano, a la vez que nos aconseja, nos engaña. La carretera está en obras y resulta infernal. Cuando voy a sucumbir al cansancio, llegamos a Almería. Son cerca de las once. Está previsto que el ferry zarpe a las doce, rumbo a Melilla.
El ferry es sucio, incómodo, y tiene la pintura descuidada. La estiba de los coches denota que la improvisación y la incompetencia son aquí norma. Cuando ya todos hemos embarcados, bajo a tierra para comprar unos bocadillos y unas botellas de agua. La travesía dura ocho horas. Me duermo en una butaca y me complazco en dejar que mis miembros se entumezcan. No tengo conciencia del principio de esta jornada, ni de su transcurso, ni de su final y ello me produce una sensación de vacío. Como si me la hubieran escamoteado. Me siento inclinado a reclamar, pero no se a quién.
Atracamos en el contramuelle de Melilla, que cierra por el oeste un amplio puerto. Tiene un faro sobre una torre de contrafuertes, plantado en mitad del morro, que es bajo y está defendido por varios círculos de bloques. Parece que, cuando se hunden unos, añaden otros encima. El espadón es alto, de sillares hexagonales y almenado. Todo con un aspecto muy militar.
Nos alojamos en el hotel Ánfora. En Melilla hay cinco hoteles. Este es de dos estrellas y tiene partes comunes modestas, pero las habitaciones son amplias y confortables. Nos distribuimos por parejas. Comparto habitación con el Explorador, Pepe con Rafa y Mari carmen con José.
No tenemos dificultad para encontrar una tasca donde cenar. Hay carteles pegados en las paredes, que anuncian una academia de equitación. Carteles artesanos. No ocultan la modestia de la academia que anuncian. Después de la cena, tomamos un café en una terraza de la plaza de España. Melilla es una ciudad provinciana que invita a un grato vivir. Antes de acostarnos, voy con Rafa a dar una vuelta. Nos dirigimos a la Fortaleza. Es un amasijo de construcciones militares. Los muros tienen paramentos en talud y están reforzados por otros muros. Ya se sabe, al engordar los proyectiles, se han engordado las defensas.
Copio la inscripción que hay en un paramento: "En primero de febrero del año 1571 se cerraron estos aljibes siendo alcalde de esta ciudad por su majestad Francisco Sánchez de Córdoba". Quizá la gramática ponga algún reparo, pero es así como se escribe la historia. Lo dejo para quien sepa, que yo no sé.
Delante de la fortaleza hay una dársena repleta de embarcaciones de recreo. Unos marineros hacen guardia arma al brazo. Les pregunto si son instalaciones militares, y me dicen. Me miran como a un subordinado. Hay en Melilla una doble subordinación, de la que se capta la existencia, pero no el alcance: los civiles están subordinados a los militares, y los africanos están subordinados a los europeos. Esa es mi impresión.
4. FRONTERAS
4 de julio. He dormido como un bendito. Hago mi gimnasia y me ducho. Desayunamos en la terraza del hotel, desde donde se divisa la fortaleza. Las casas y las ruinas de las casas hacen juego con ella. Parecen piedra sobre piedra. Al salir, nos rodea un enjambre de jóvenes marroquíes. Nos ofrecen cambiar dinero. Dirhams para Marruecos, dinares para Argelia. Se nos deben notar a la legua las intenciones. El cambio de moneda es en África ocupación de buscones. No cambiamos dinero, pero si impresiones. Cantan las excelencias de Marruecos, tierra de promisión para ellos. Se sienten sojuzgados por España y esperan su libertad. Argelia según ellos es mala. Es comunista, y por consiguiente, perversa.
Echamos gasolina antes de dirigirnos a la frontera de Marruecos. Un puente de unos cincuenta metros separa el puesto español del marroquí. Hay muchos ociosos al acecho. Junto al puente hay un muro, y en él un boquete de cincuenta centímetros. Por él se deslizan mozalbetes que miran precavidos a ambos lados, aunque nadie se ocupa de ellos. Confiesan a las claras la práctica de un contrabando venial.
Me parece que los gendarmes marroquíes son mas marciales que los españoles, aunque ni quito ni pongo rey: puede que en el próximo relevo sea al contrario. El suelo está cubierto de cartones de embalaje despedazados. Pasa un hombre viejo con traje de color irreconocible. Va tocado con un fez del mismo color y monta una bicicleta de color azul cobalto, pintada a brocha gorda. En el manillar de la bici lleva un clavel muy grande, muy rojo y muy viejo. Digo yo que será artificial. Se ve que es un hombre descolorido, pero amigo del color.
Pasan mujeres ataviadas con trajes largos, marrones o azules y tocas blancas. Llevan bolsas de plástico y las palmas de las manos pintadas de rojo oscuro, como sangre renegrida. Aguanto un sol de justicia, intento dibujar tipos que se repiten incesantemente: hombres y mujeres que, con bolsos en la mano, pasan de una aduana a otra. Vienen de España cargados, y de Marruecos de vacío.
El Explorador recoge unos impresos escritos en francés que nos entrega para rellenar. Discute largamente con los gendarmes marroquíes. Aunque mi francés es menos que regular, entiendo lo que pasa. Desconfían de que una sola persona sea propietaria de cinco coches. Le dicen que tiene que volver a la aduana española y rehacer la documentación. Entre tanto, un agente descubre en su coche un mapa Michelín anterior a la descolonización. Aunque el rótulo "Sahara Español" ha sido previamente tachado, lo confiscan. En vano implora que se lo devuelvan.
Hay que hacer un seguro para los coches en tránsito por territorio marroquí. Quince mil pesetas para recorrer un centenar de kilómetros. Por fin la revisión de equipajes que, contrariamente a lo que temíamos, resulta superficial. Y pasamos a Marruecos. En un bar tomamos naranjada, baratísima, que nos permiten pagar en pesetas.
Salimos hacia Nador en caravana. A la izquierda dejamos unas salinas. Se está construyendo una carretera pegada a la costa y sin ninguna defensa. A poco que bata el mar, no aguantará la carretera. Se ven obras públicas ejecutadas con medios modestísimos. Así me explico la proliferación de empresas españolas en África.
Todo es llano. Abundan las acequias de riego. Sin darnos cuenta, llegamos a Nador. Es una ciudad de casas bajas. Sobresalen los minaretes de planta cuadrada, adornados con azulejos que relucen al sol. Llama mi atención la ausencia de monumentos. solo a la salida, pasamos por debajo de un arco muy historiado de cartón piedra. Me resisto a considerarlo monumento, pero algo es algo. Seguimos adelante por una carretera de curvas amplias y pendientes suaves. Destaca lo profuso de las señales para una carretera tan sencilla. Uno de los carteles indica fuerte pendiente, y el coche la domina en cuarta con toda facilidad.
Se ven preciosos olivares de árboles jóvenes. Atravesamos el Oued Muluya. Me suena de la geografía y también de la historia, pero de forma lejana. El terreno empieza a ondularse y se hace árido. Atravesamos Berkane sin parar, y es a la salida donde nos detenemos para el almuerzo. Lo hacemos en un establecimiento múltiple que contiene gasolinera, restaurante, dulcería, bazar, y alguna otra cosilla. Ahora el día se ha puesto brumoso. El aire es espeso y el calor agobiante.
El menú, a base de ensalada, tortillas francesas y carne de cordero, nos parece excelente por ser la primera vez. No sabemos todavía que vamos a repetir éste menú hasta mucho más allá de la saciedad.
Continuamos hacia Oujda, donde está el puesto fronterizo de Marruecos con Argelia. El terreno forma un mar de graciosas colinas. Luego la subida se hace descarada. Refresca. Hay eucaliptos pequeños y, más arriba, un pinar de extraordinaria fragancia. Es alguna estribación del Atlas, que queda al oeste. Empiezan a verse torres de tendido eléctrico, un depósito de agua y un silo de cereal. Un cartel dice: "12 kilómetros Oujda". Estamos llegando a la frontera.
El puesto fronterizo de Marruecos produce sensación de hostilidad. Pero si uno se fija, no es hostilidad al viajero lo que se percibe, es hostilidad al puesto fronterizo de entrada a Argelia. De todos modos, por contraste con ésta, el paso por aquella parece sencillo. Argelia es otra cosa. Primero hay que rellenar varios impresos. Luego todos, sabiendo o no francés, tenemos que confesarnos con un funcionario, que nos va llamando por turnos.
A continuación hay que cambiar dinero. La cantidad a cambiar la decide el viajero, pero hay que cambiar. No se puede entrar en Argelia en plan pobre. Esto, que pudiera considerarse a la ligera como un maternal cuidado, tiene bemoles. El poder adquisitivo de un franco francés en Argelia, es de dos dinares. Pero en la aduana le dan a uno dos dinares por tres francos, de modo que la sisa es de dos francos de cada tres. Claro que puede minimizarse el sablazo, y el viajero avispado no dejará de sucumbir a la tentación de cambiar poco. Vana maniobra. Ya dentro del país, los gastos te los apuntarán en un impreso que debes llevar siempre dispuesto. Te lo pide el del hotel y apunta. Te lo pide el del restaurante y apunta. A la salida del país te pedirán el papelito, y lo que has gastado debe coincidir con lo que has cambiado según el cambio oficial, es decir, dando tres francos por el valor de uno.
Dentro del país, los comerciantes siguen siendo comerciantes y, son pocos los que te preguntan si tus dinares proceden de sacrificar tus francos o de vender un traje usado. Los cambios se hacen en una taquilla como de cine de barrio y el aduanero, mientras desempeña su cometido, habla de fútbol, demostrando uno conocimiento del Barça o del Real Madrid mucho más profundo que el del propio viajero.
Perpetrados los cambios, empieza la revisión de los coches y de los equipajes. Hemos tenido que meter nuestros vehículos en un cercado con frutales, donde es muy fácil meter la rueda en un profundo hoyo o dejarse una buena porción de carrocería en un tronco. Los gendarmes revisan las ruedas, las tapicerías, las puertas, los guardabarros. Golpean la chapa, se consultan entre sí. Abren los portaequipajes y los equipajes.
Todas estas actividades nos llevan varias horas, lo que surte como efecto que hayamos adquirido confianza. Ya estamos en Argelia. Empezamos a rodar, y nos detenemos a los pocos kilómetros. A la izquierda de la carretera hay seis caballos de pura raza de distintos pelajes. Los montan seis jinetes elegantemente ataviados, con la gallardía de seis califas. Está cerca la puesta de sol. Uno de ellos canta una invocación con muchas consonantes guturales, llena toda la campiña. Caracolean las monturas. Se enorgullecen los jinetes, de pié en sus estribos. Aprietan con la mano derecha las espigardas, bien verticales, de la cadera al hombro. Levantan las cabezas, con la mano izquierda tensan las riendas. De repente, con toda la sangre de sus monturas a presión, arrancan al galope. Llegados al final del campo, disparan al aire.
Es una "Fantasía", que repiten varias veces. "A la tornada que facen...". El Explorador ha ido a buscar su cámara. Se paran a posar para él. Es un gesto de condescendencia que se me antoja regio.
Sin saber dónde ni porqué, siento que desciende sobre mí una gran emoción. Gracias, África. Ha sido más que un espectáculo. Dicen que el viajero llega a enamorarse de África. ¿Será esto un flechazo? Por poniente el sol al otro lado de la explanada, todavía no se ha puesto.
Advierto al Explorador que ando escaso de gasolina. No parece importarle mucho. Seguimos hacia Tamrit. Faltan no más de diez metros para el surtidor que hay a la entrada, cuando se para el motor de mi coche, falto de combustible. Tienen que empujarme. El explorador entabla negociaciones con el dueño para pagar en especie: güisqui o auto- radio. Yo echo un trago de agua, que se ha puesto totalmente caliente. Las negociaciones siguen su curso.
Cuando llegamos a Tlemcén, toda una ciudad, ya es de noche. A tiro hecho, nos dirigimos al hotel Zianides, donde nos hospedamos. Es un enorme edificio con fastuosa fachada de ladrillo rojo. Hay un desnivel de calles que pone en juego los distintos niveles del hotel. Para la entrada principal hay que descender por una curva entre jardines. Las puertas y ventanas son altas, austeras. Tienen dinteles en ángulo, como ojivas un tanto frías. Las habitaciones son espaciosas y tienen moqueta. Los cuartos de baño son espaciosos, pero mal solucionados. Lo más notable son los patios, todo un derroche de imaginación, una filigrana de yeso bellísima.
Se celebra un acto social importante, y no nos sirven cena. Dicen que va a venir el presidente. No sé en qué para la cosa, pero nos hemos rozado con la aristocracia argelina. La dignidad de los notables es bien ostensible: personajes entrados en años, vestidos de blanco, en medio de pequeños séquitos que no dejan de atenderles. El Explorador trata de llevarnos los mejores hoteles, que para los peores ya habrá tiempo. Finalmente cenamos unas brochetas en una terraza cercana al hotel.
5. EMPIEZA EL DESIERTO. EL OASIS DE AIN SEFRA. BECHAR.
5 de julio. Amanece nublado. Hemos madrugado para hacer los setecientos kilómetros de esta jornada. Pronto nos encontramos en ruta. El terreno es de naturaleza sedimentaria. Creo que se trata de arcillas. La carretera empieza a subir, y nos adentramos en un bosque de robles muy mediterráneo, cubierto por la niebla. De cuando en cuando atravesamos alguna población. En Sebdou tenemos que detenernos, porque un cortejo nos cierra el paso. Son gente joven, entusiasta y paramilitar. Visten uniformes azules con boina y llevan al cuello pañuelos con los colores nacionales. El monjete parece calcadito del extinto Frente de Juventudes. Se saben espectáculo y, al sentirse mirados, redoblan su entusiasmo. Me aclara el Explorador que celebran la fiesta de la Independencia. Desde la acera, les vemos desfilar, y no deja de admirarnos el ardor de los jóvenes.
Reemprendida la marcha, acelero para rebasar a un coche que se ha intercalado en la caravana. El guardia de servicio se abalanza sobre mi, y me cierra el paso. Temo una escena, pero no. "Documentation", me dice tan solo, y me deja seguir.
En el cruce de El Aricha vamos a repostar. La gasolinera está en el ramal que se desvía a la izquierda. Seguido, un puesto de policía, que no dejará de controlarnos. Otra vez intentamos pagar en especie. Aunque el lugar parecía desértico, de todas partes surgen compradores. Intento vender un traje usado, con chaleco incluido, por seiscientos dinares. Recibo una contraoferta de trescientos y, pensando que todo el monte es orégano, me permito desecharla. Hay que actuar con cautela, pues la policía está cerca.
Cuando quedan repostados los coches, nos entregamos a la autoridad. Esta vez el control se hace con mucha cortesía. Seguimos por una llanura requemada por el sol, que recuerda los páramos de Castilla. Aunque aquí no hay rastrojo, crece una hierva seca del mismo color. En las depresiones subsisten charcos de agua. Después, poco a poco, va apareciendo la arena. El color del paisaje se enciende de tonos cálidos. A trechos el polvo invade la carretera. El coche de José, que va delante, lo levanta. Es fino como un ectoplasma. Cada vez hay más arena y menos hiervas secas. Ya estamos en el desierto. Todavía, de tarde en tarde, atravesamos poblados. En uno de ellos hay un campo de fútbol con su valla y todo, mayor que el resto del pueblo. Se ven hombres con ropajes blancos o azules. Aparecen como un destello frío. Como una chispa eléctrica.
Llevamos recorridos doscientos kilómetros cuando llegamos al cruce de la general y hacemos un alto. Lo aprovecho para estirar las piernas corriendo por la arena, beber agua de mi cantimplora y dar rienda suelta a las menores que, desde hace un rato, se me vienen insinuando. Antes de arrancar llegan dos coches. Paran un momento, nos saludan y siguen su ruta tomándonos la delantera. Son catalanes.
Tomamos el desvío a la derecha. Se ven pinos. Es una repoblación con la que se intenta contener la arena. Es una lucha desigual. La arena, que ahora es de color salmón. Toda la luz del paisaje es rosada. La atmósfera está turbia. Por oriente es azul y por poniente violeta. Emergiendo de la bruma aparecen cadenas montañosas. Primero se insinúan y se concretan luego. Son suaves, onduladas y aparecen en muchos planos de diversas tintas. Hay rebaños de ovejas, de millares de ovejas tal vez, que no me explico dónde hallan alimento.
Nos estamos acercando a Ain Sefra. La carretera cruza varias veces sobre la línea férrea, que tiene alcantarillas totalmente obstruidas por la arena. Se delinean sus arcos, pero no tienen cauce. Ni maldita la falta que les hace en medio de este arenal, imagino.
Llegamos a Ain Sefra. El termómetro marca cuarenta grados. Las casas son sencillas, de una sola planta. En una ancha acera, defendida del sol por un toldo, hay una terraza de bar. Está muy concurrida por jóvenes, sólo varones, que toman refrescos de naranja. Suena música estruendosa. Hay una mesa vacía, y nos sentamos alrededor.
Pido té verde, y me sirven un vaso totalmente lleno de hojas. Parece un fragmento de selva tropical cautivo en un vaso. Callo y succiono lo que puedo. Mientras, la música ha cambiado a algo más cadencioso. Ahora es una canción española. "Siento que dentro de un momento se acercará la hora que me aleje de mí...". Los tres hermanos se han ido a buscar un aseo y, de paso, a ver si venden algo para pagar el almuerzo.
Nos aborda un árabe. Viene de parte de un amigo, que lo es también del Explorador. Cuando éste llega, se acuerda que vendrá con nosotros a Bechar. Y, como la venta ha sido fructífera, vamos a almorzar en el hotel. El Explorador, muy a la española, es hombre de gestos rumbosos.
El hotel Mekther es delicioso. Tiene el color rojo salmón del desierto y está en un oasis, protegido por una duna. Gigantescos eucaliptos crecen en el festón de su falda, como ensartándola para coserla al terreno. Uno que sabe de la avidez de estos árboles, se pregunta cuánta agua habrá bajo tierra para mantenerlos tan lozanos. Hay además una docena de soberbios cipreses.
Se aparca por detrás del hotel, entre el edificio y la duna. Y no hemos terminado de aparcar, cuando ya nos rodean los compradores. Es algo asombroso, pero voy acostumbrándome. Vuelvo a sacar mis trajes, mis zapatos y mi batín de seda. Nuevamente pido seiscientos dinares por traje, y de nuevo recibo la contraoferta de trescientos. Regateo en mi pésimo francés y, cuando creo que he cerrado el trato en mil quinientos por los tres trajes, resulta que lo he hecho por mil cincuenta.
Mi comprador me indica que le siga, puesto que no tiene dinero encima, y nos alejamos entre callejuelas. En un recodo, se detiene ante una puerta baja. Saca una llave, abre y me ruega que espere. Lo hago con mis trajes bajo el brazo. No tarda en salir con otra llave mayor y seguimos camino. Reparo en la situación y me parece estar dentro de algún cuento de las mil y una noches, pero me siento aprensivo. Me he alejado de todos los demás, sin dejar ninguna pista.
Finalmente mi aprensión resulta infundada. Con la llave mayor abre otra puerta, también baja, y me introduce en un cuarto sombrío. En él hay un mostrador, un armario y una nevera. Me invita a naranjada que saca de la nevera, y acepto. Del armario saca unos billetes y, muy ostentosamente, sobre el mostrador, va contando hasta mil cincuenta. Es entonces cuando descubro que hay discrepancia y me dispongo a resistir. Pero muy levemente. Enseguida me doy cuenta de mi error, sonrío y le estrecho la mano en señal de conformidad. Y hago bien. La discusión de un negocio con un árabe puede durar toda una jornada, y estar llena de picardías. Pero, alcanzado un acuerdo, se dejaría matar antes de incumplirlo. Sin llegar yo a tanto, pienso que nobleza obliga y entrego mis tres trajes. Muy satisfecho por otra parte, de haber jugado a mercaderes.
Cuando regreso al hotel, ya están todos sentados a la mesa, donde nos despachamos un menú de ensalada, tortillas francesas y carne de cordero. A continuación vamos a bañarnos en la piscina, que nos acoge con aguas tibias. Nadie, por supuesto, piensa en un corte de digestión.
Salimos de Ain Sefra a las cuatro. El amigo que se nos ha unido viaja con Pepe. Ha cambiado su traje europeo de esta mañana por un bubú azul y turbante blanco. Llevamos una hora de viaje cuando, de repente, ¡llueve! Faltan doscientos kilómetros para Bechar. Vuelve a llover cuando nos estamos acercando a Beni Ounif. Esa vez el chaparrón es aún más repentino. Me ciega y apenas acierto a accionar el limpiaparabrisas. Pero termina tan repentinamente como empezó.
Otra vez nos detiene la policía. Nos piden los pasaportes, la documentación de los coches y, por separado, tenemos que ir a declarar a una caseta que queda a la izquierda de la carretera. Hay que bajar un fuerte terraplén, sin que nadie nos indique cómo. Nuestro pasajero tiene problemas por su atuendo, simplemente porque parece un Tuareg. Las relaciones entre Marruecos, que queda a nuestra derecha, Argelia, los Tuareg, el POLISARIO y muchas otras fuerzas son confusas y nunca se sabe lo que puede pasar.
Desde hace muchos kilómetros, la carretera está flanqueada por alambre de espino para proteger la frontera. El Explorador me cuenta detalles de todo este enredo, pero él tampoco parece estar muy enterado.
No se cual es el riesgo que ha corrido nuestro pasajero. Pero tengo la impresión de que ha pasado un buen apuro. Escapa de él con un simple sermón. Más adelante me confía que quiere irse a Finlandia, ¡nada menos!. Por ahí vas a encontrar mucho frío, le digo. Ahí voy a encontrar mucha libertad, me responde.
Antes de llegar a Beni Ounif, cruzamos un río. Al menos parece un verdadero río. A sus aguas les faltan cuatro dedos para invadir la carretera. Beni Ounif está en un oasis de palmeras completamente llano. A la salida de la población echamos gasolina. El que la sirve tiene modales de comisario político, aunque también puede ser que, como el pasajero, voy añorando un poco más de libertad.
La caravana reanuda la marcha y, cuando me doy cuenta, vamos a una velocidad endiablada. Acelero todavía más para rebasar al Explorador, que va en cabeza, y pedirle que aminore. No veo necesidad de irnos jugando el físico. He tenido que poner el coche a ciento sesenta. Cuando estoy a su altura, me explica que hay que llegar a Bechar antes de que cierren en taller. Llegamos a un acuerdo. Él se adelantará y los demás seguiremos a paso un poco más razonable, que me permite seguir contemplando el paisaje.
Por el noroeste hay una sucesión de dunas, que son como una cordillera de juguete. Por poniente, una verdadera cordillera. Empiezo a distinguir, y reflexiono acerca de la naturaleza de estos terrenos, que son decididamente sedimentarios. La arena es un simple fenómeno de erosión.
Ya cayendo la tarde. El naciente es violeta, y el poniente azul. Justo al revés que por la mañana. Es la presencia de la humedad lo que hace ambos crepúsculos distintos. Como aquí la humedad no existe, el matutino y el vespertino son simétricos. ¡Qué cosas ocurren en África! Por la vía férrea circula un tren. Un motor diesel con cinco coches de pasajeros.
Y llegamos a Bechar, que es una populosa ciudad. Nos dirigimos al taller de Mordín, donde ya el Explorador ha establecido contacto. Tiene unos cuarenta años, un gran mostacho de grandes guías, una saludable barriga y una risa atronadora, que hace vibrar aquélla como si fuese gelatina. Se trata de que pinten los coches para que tengan mejor venta. En medio de la conversación, que es pintoresca, oigo repetir muchas veces la palabra "camuflaje". Debe tratarse de un pintado muy sui géneris. En el taller de Mordín quedan tres 504: el blanco, el naranja y el gris. Nos repartimos entre el otro 504, que es verde, y el 505 del Explorador. No nos entretenemos, pues vamos a dormir en Tghit, que está a ciento y pico de kilómetros.
Cuando llegamos ya es de noche oscura. Hace diez minutos que han cerrado el comedor, y no quieren darnos de cenar. A mi me parece que es lo suyo, pero el Explorador se sulfura, pregunta por el gerente, da gritos y, en un francés cuya fluidez me asombra, brama una bronca dirigida al recepcionista, a quien le entra por un oído y le sale por el opuesto. Tenemos que arreglarnos en un bar que hay a doscientos metros donde, entre lo que buenamente nos ofrecen y nuestras provisiones, disfrutamos de una copiosa cena.
6. TAGHIT, UN POBLADO ANTIGUO
6 de julio. Contra todo pronóstico, duermo a pierna suelta. Como debieron hacerlo un centenar largo de personas que, cuando nos recogíamos, preparaban sus petates para pasar la noche en la acera.
Hay que volver a Bechar para ocuparse de los coches. Me levanto las seis y media para acompañar al Explorador, pues quiero conocer la ciudad. El viaje se me hace corto. El él, recogemos a un autostopista. Es un campesino seco, con chilaba blanca. Antes de entrar en el coche, por la ventanilla, estrecha nuestras manos. la suya es seca y fuerte. Me parece que estoy estrechando una mano de madera.
Ya en el taller, se acuerda que pintarán los tres coches en tres días. A ver si el jueves podemos hacer algunos de los trámites de salida de Argelia. De lo contrario sufriríamos un importante retraso, pues el viernes no abren. El asunto de la pintura se trata con mucho método. Primero se habla de colores, marcas, rendimientos, etc. Una de las muchas cosas que quedaron olvidadas en Madrid fue la pintura, de modo que Mordín tiene que poner el material. Luego se entra en la discusión del precio. Aunque el combate se celebra en francés, sigo el hilo sin dificultad, y me resulta divertidísimo.
El Explorador hace el primer movimiento, empieza ofreciendo. Dos mil dinares por el naranja, dos mil por el blanco y mil trescientos por el gris, que necesita menos pintura. Mordín hace su contraoferta y pide dos mil quinientos por cada uno. Discuten largamente, mientras los operarios trabajan en silencio. De vez en cuando, uno u otro se dirigen a mí, como para que no me aburra. En realidad es tiempo muerto que se toman para recuperar fuerzas. La esgrima es colorista, imaginativa. Ambos debieran estar orgullosos. Se cambia de terreno con agilidad y no se roza nunca lo personal. Queda la cosa en seis mil dinares por los tres e, inmediatamente, se pasa a hablar de fútbol. Mordín parece estar muy enterado de la liga española. Y, por supuesto, tiene una foto de Butragueño. Hay a su servicio cuatro nativos, jóvenes y flacos, que trabajan en silencio, sin levantar cabeza.
Resuelto el asunto, vamos a visitar a Mustafá, que tiene una mercería. Vende bragas muy llamativas. Me lo presenta el Explorador como a un viejo amigo. Le compro un desodorante y, sin perder de vista la puerta de la mercería, que vigilamos entre los tres, salimos a tomar café en una terraza próxima. ¿Hay por aquí un banco? le pregunta el Explorador, que ha rehecho sus cálculos y necesita cambio. Nos encaminamos a él. No está lejos. Una mujer vestida de blanco, a la entrada, nos cede el paso. Yo me paro para que pase ella primero. La mujer no se siente halagada, cree que se trata de una confusión.
Ante la ventanilla hay una larga cola. Preguntamos a un hombre si hay que esperar para el cambio. Nos dice que si. Interviene una mujer. Tiene unos ojos preciosos, la cara velada y una vestidura blanca. Nos indica el mostrador que queda a la izquierda y nos ahorramos la espera.
Después vamos a saludar a Gran Papá. Está bobinando un rotor en un portal donde tiene su taller. En el mismo banco, junto a él, trabaja una segunda generación. La tercera, merodea y enreda. No hay duda de que se trata de una industria familiar. Un niño alarga su mano y coge una arandela. Gran Papá no le dice nada. Le pega con el mango de un destornillador y el niño deja la arandela. Sencillo. Prosigue nuestra conversación, y prometemos volver en otro momento.
Antes de regresar, en una tienda llena de artesanía, compro una cafetera y un frasco de cobre para perfume. Me piden doscientos cuarenta y cinco dinares, pero consigo que me lo dejen en ciento sesenta.
Ya de regreso, vemos tres camellos en medio de la carretera que huyen al ver nuestro coche. Uno es adulto y lustroso. Los otros son jóvenes y lanudos. Sobre la línea del horizonte, a la sombra de una acacia, vemos otro camello que corre por la llanura.
Cuando llegamos a Taghit, el sol está en el cenit. Sobre la tierra encendida destacan manchas oscuras, descaradas, que nada restan de luminosidad al paisaje. Son el oasis, las acacias, dos coches que suben por la carretera hacia nosotros, algún ganado... para un pintor es algo más que un desafío. Es un deseo lacerante de sumergirse en el color. No se si esta sensación es transmisible en palabras, pero es la sensación de hallarse ante el reto, ante el misterio, ante el hallazgo jubiloso. Siente uno el ansia de vislumbrar y no poder atrapar.
Reunidos en el hotel, están todos los demás expedicionarios. Con ellos, Margarita y Antonio, una pareja de Madrid, que hacen la ruta de los oasis en un Panda. Almorzamos el menú habitual. El comedor está lleno de moscas. Retroceden ante una rociada de insecticida, pero pronto vuelven a la carga. Hace mucho calor. Ya no podemos saber cuánto, puesto que el termómetro, como era de esperar, ha estallado. Quizá sea mejor así.
La gente se va a descansar al fresco de las habitaciones, que tienen aire acondicionado. A mi me parece que hay que irse aclimatando, pues peor será en el Tanezrouft, y salgo a desafiar los elementos. Rafa viene conmigo. Nos metemos en el poblado antiguo. Es un dédalo de callejuelas, a veces cubiertas, que se transforman en túneles. O de túneles que se transforman en callejuelas, sin que sea posible saber dónde termina una cosa y dónde empieza otra.
Saludamos a un grupo de mozalbetes que charlan a la salida del primer túnel, sentados en el suelo. Bonsoir. Seguramente hablan de mujeres o de la mili. Son demasiado jóvenes para tener novia o para estar licenciados, en cuyo caso hablarían de fútbol. Seguimos adelante. Hay una entrañable mezquita con minarete de varios cuerpos superpuestos. Atisbamos por una ventana y vemos varios planos de arcos de herradura. Como en la mezquita de Córdoba, o la de Toledo. Como en las mejores mezquitas, pero a escala mínima.
La forma de construir varía paulatinamente. La fábrica se hace con piedras, tamaño de adoquines, embebidas en barro. No es mampostería piedra sobre piedra. Es barro que contiene piedras. La resistencia de la fábrica es por ello la que tiene el barro. Se construyen muros de carga cuando se trata de hacer cerramientos, o pilastras para espacios abiertos. Las pilastras tienen sesenta centímetros en cuadro y se rematan con maderas a tope, que hacen de capitel. Entre cada dos capiteles se tienden vigas de tronco de palmera, cortados a lo largo. Se agrupan varias de estas vigas para salvar cada vano. Entre vigas o muros, se lanzan pares, también de madera, separados entre sí setenta centímetros. El cielorraso se forma con unas piezas triangulares, que no son más que el arranque de las pencas de la palma. Alguna viga que cede, se apuntala con un tronco de palmera.
Hecho así el forjado, se echa el suelo, que es de barro. Si hay que subir un segundo piso, casi nunca un segundo y nunca más, se hace pilar sobre pilar, o muro sobre muro. La cubierta de las casas no es más que el último de los forjados, ya que aquí no llueve. Y si llueve y la casa se hunde, mala suerte. Se empieza de nuevo. Es la experiencia la que da esta fórmula de costes mínimos.
Las puertas tienen un metro y medio de altura. Las ventanas son pocas o ninguna. Las viviendas en pié no miran por encima del hombro a las ruinas, tal como los éxitos pueden mirar a los fracasos. Aquí se codean en paz vivos y muertos. Aquí todo son moscas, piedras tamaño de adoquines, barro, despojos de palmera y respeto a la naturaleza. Aquí bien pudieron vivir a sus anchas Simbad el Marino, Aladino o Ali Babá.
Desde el pueblo antiguo salimos a campo abierto. El sombrero de paja se me vuela y dedico mi atención a hacer un barboquejo con hoja de palma, que se empeña en romperse. Pruebo con un junco, y de momento funciona. Atravesamos el cauce del Seoura y nos sentamos al otro lado de la carretera, a la sombra que proyecta una roca en forma de visera.
Un argelino, en su 4L, llega y se detiene junto a nosotros. Empezamos a charlar y nos ofrece cambio. Han contado Margarita y Antonio que, cuando se hallaban en lo alto de una duna enorme, han subido varios a ofrecerles cambio. Nous ne voulons pas changer, merci, hemos dicho a nuestro visitante. Pero él no se desanima, y sigue con la conversación. Pregunta si somos de Madrid. Nos dice que él ha pasado por Madrid, camino de Portugal, y le suena mi cara. Je ne crois pas, le desanimo, nous sommes près de cincq millions. Nos reímos todos y nos despedimos. Au revoire, monsieur.
Volvemos al hotel. Estoy en el jardín, a la sombra de un limonero, tomando notas sobre un velador de mármol. Las moscas me agobian. A mi izquierda, junto a la piscina vacía, dos mujeres jóvenes de color, esbeltas, atractivas, envueltas en tules, charlan quedamente. A mi derecha, una dama argelina, vestida a la europea, se cuida de imponer silencio a cuatro hijos, ya de por si discretos. Como si me molestaran. Recojo y subo a mi habitación para descansar un poco. Voy reflexionando sobre este paraíso de consideraciones, y no puedo evitar compararlo con mi mundo, en el que muchos no son tan educados.
Después de descansar, vuelvo al pueblo antiguo, esta vez solo, porque quiero hacer algún dibujo. Todavía está alto el sol. Me planto ante una mezquita. Una niña mona se interesa por mi trabajo. Apenas entiendo lo que dice, pero me conforta su compañía. Poco después hay a mi alrededor un círculo de mocosos, inocentes ojos asombrados, que con sus cabezas apiñadas apenas dejan sitio para la mía. Se afanan en adivinar qué es qué de las cosas que voy dibujando. La mosquée!, repiten incesantemente, jubilosos de su descubrimiento.
El fruto de mi trabajo dista mucho de ser bueno. Hago dos intentos sin convicción, más preocupado de lo precario de mis medios, lápiz blando sobre una cartulina, que del modelo que tengo delante. Me voy poniendo nervioso. Todavía intento dibujar con un bolígrafo, mientras el más aferrado de los cocosos, a mi lado, ajeno al dolor de mi fracaso, me dice machacona, insistentemente, algo que no entiendo. Hace un rato que los demás, con la misma veleidad que vinieron, se han ido. Tiro la toalla y abandono el pueblo antiguo.
Me coloco frente a una edificación que resulta ser un mausoleo. Está dentro de un recinto alambrado. Quiero dibujarlo para sacarme la espina, aunque el sol me derrita los sesos. Pero no ha lugar. En ese momento, en dos coches, pasan los demás expedicionarios. Van a ver unas pinturas rupestres, y me invitan. Convencido de que hoy no es mi día, me voy con ellos.
Tiramos por un camino que, más o menos, sigue el cauce seco del Seoura. La vegetación es escasa y raquítica. Hemos recorrido veinte kilómetros cuando, al final de una llanura, aparece la cordillera gris. Quizá es impropio llamarla cordillera. Es un amontonamiento de pedruscos, que se eleva ante nosotros cincuenta metros y que se pierde a derecha e izquierda en una distancia imposible de calcular desde abajo. El material es sedimentario. Pero estas enormes piedras, de muchas toneladas cada una, tiene turgencias extraordinarias. Algún empuje telúrico, montando un sedimento sobre otro, ha debido producir el destrozo. Luego la acción del viento, ayudado por la arena que aquí no falta, ha ido suavizando formas, en una labor que sólo concluirá cuando todo sea arena. Comoquiera que sea, es en estas curvaturas donde la mano del hombre ha realizado su arte. Dibujos de gacelas, profundamente grabados en roca, un trazo firme y continuo. Son dibujos muy rítmicos, una y otra vez repetidos. De no estar grabados en roca, se diría que se han hecho rápidamente, con movimientos muy ampulosos de la mano. No cabe atribuirle grandes valores plásticos, pero tienen una indiscutible autenticidad que se puede confundir con la de un grotesco león que, a despecho de la misma técnica, es sólo el remedo de un falsificador. Aunque bien pensado, pudiera estimarse también como parte de un diálogo, entre falsificador y falsificado, como los que presenciamos cada día entre los diversos "ismos" de nuestros pintores.
El coche verde se ha estropeado. Un tornillo que fija el filtro del aire al carburador, se ha roto. El Explorador saca un rollo de alambre y hace una reparación de campaña en un periquete. El coche verde queda tan útil como antes. En el 505 regresamos el Explorador, Mari carmen y yo. Aquel deja que su hermana coja el volante. El terreno es relativamente llano, pero no tanto que el coche no pueda volcar a cada paso. En el asiento posterior mi corazón se encoge, aunque no hago comentarios.
7. EL OASIS DE BENI ABBES
7 de julio. Soy el primero en bajar. Hoy vamos a hacer una visita al oasis de Beni Abbes. Margarita y Antonio vendrán con nosotros. Desayunamos en el vestíbulo del hotel, que tiene dos niveles. El de entrada es más alto. Se desciende al otro por cuatro escalones y es en el bajo donde solemos colocarnos. Es más íntimo. Hay una fuente de cerámica.
Esta noche he dormido inquieto. Lo atribuía al calor, pero a las seis de la mañana, mi vientre se ha hecho responsable: diarrea. Ayer bebí mucha agua. cuando llegó la hora de cenar, lo hice inapetente, con el estómago hinchado. Tengo que tomar sal, que es lo que permite asimilar el líquido. Empiezo por añadírsela generoso a la mantequilla del desayuno. Baja José, que me confiesa tener el mismo problema. Luego llegan los demás. Pepe saca un pañuelo rojo, se lo pone al cuello y canta eso de uno de enero, dos de febrero.... Efectivamente, hoy es San Fermín.
Hablamos de la aventura que estamos viviendo. A Mari carmen el término le parece excesivo. No cree que esto sea una verdadera aventura, pero eso según se mire. Margarita y Antonio están haciendo la ruta de los oasis. Atraviesan el desierto por buenas carreteras, saben dónde tienen que parar, y lo hacen en buenos hoteles. Eso quizá no sea aventura. Nosotros nos proponemos asaltar el desierto sin carreteras ni oasis, y ahí pueden ocurrir muchas cosas. Pues yo si creo que es una verdadera aventura, dice José, que como yo, está deseando que lo sea. Lo que ocurre es que Mari carmen se siente absolutamente protegida.
Emprendemos la marcha. Margarita y Antonio van delante con su Panda. Detrás, en el 505, Mari carmen, Pepe, José que conduce y yo. Rafa y el Explorador han ido a Bechar, a ver cómo va la pintura de los coches. Pasamos Igli, que se encuentra en un palmeral extensísimo. Dejamos el poblado a la izquierda. Se dibujan lomas y montañas, todas de piedra gris. Pero están escarchadas de arena rojo salmón. El color es bellísimo.
Llegamos a un cruce que está señalizado. A la derecha, a Bechar. A la izquierda, Adrar. Tiramos hacia Adrar, que queda al sur. Tengo mucha sed, pero no quiero beber el agua caliente de mi cantimplora, pues mi vientre está resentido. Al llegar a Beni Abbes beberé algo bien fresco, y sea lo que Dios quiera. Relamiéndome por anticipado, seguimos adelante. A la izquierda van quedando caminos que llevan a oasis dignos de visitar, pero no los visitamos. Hasta que llegamos al que conduce a Beni Abbes y dejamos la carretera general.
En buena hora, pues nada más pasar el cruce, hay un puesto de policía que no hubiera dejado de pararnos. Es en ese momento cuando nos damos cuenta de que ninguno llevamos documentación. El desvío es corto. Entramos en Beni Abbes por un moderno puente sobre el Oued Seoura. "Hotel Rym", "Banque de Developpement Local", "Musée", dicen algunos carteles. Se ve que aquí también esperan el turismo. Nos dirigimos al hotel Rym, que está en lo alto de una cuesta. Nos ha asegurado el Explorador que podremos bañarnos en la piscina.
Al fin me tomo una cerveza, que me cae como maná del cielo, y lleno mi cantimplora de agua fresca. La arquitectura de este hotel es hermosa. Hay elegantes arcos sobre finas columnas, del más puro estilo argelino. Pero ahí acaban las satisfacciones que nos depara. La piscina está vacía. Matar la sed nos cuesta un ojo de la cara. El menú que nos sirven es el de siempre, en una de sus peores versiones. El servicio tiene malos modales y nos cobran ochenta y tres dinares por barba, sin extras.
Salgo a dar un paseo. El junco que ayer puse a mi sombrero se ha roto. Encuentro un alambre grueso y me confecciono otro barboquejo, que sólo me llega a la nariz. Encuentro luego otro más fino y más largo. Me resguardo en el quicio de una puerta, unos centímetros de sombra tan solo, y buscando una solución definitiva, vuelvo a acometer mi tarea, que ya va siendo hábito.
Estoy enfrascado en ella cuando un mocoso me ofrece un trozo de pan. No es mayor que una almendra, pero no tiene más. Le digo que no, y me pide agua de mi cantimplora. Se la doy y bebe apoyando los mocos en la boquilla. Su hermana, no mucho mayor, alejada cuatro pasos, se ríe sin participar. Sigo mi paseo y hago un dibujo de una fachada. Ya de vuelta al hotel, pido café. Los demás duermen en las butacas como buenamente pueden.
A las cuatro de la tarde, cogemos carretera de vuelta a Taghit, con un calor tórrido. En el cruce, para nuestra tranquilidad, ya no está el control. Aunque tengo sed, sigo precavido y no quiero beber hasta la llegada. Además, ¡qué diablos!, no se me olvidan los mocos de mi invitado, inocentes pero abundantes.
El desierto, como el mar, nunca es monótono. Cosas triviales cobran gran protagonismo y abastecen de sensaciones al viajero. A la derecha, un remolino de arena gira como una peonza, arrastrando su vértice por la llanura. No es otra cosa que una pequeña tromba de aire. He leído que, cuando eran grandes, se tragaban caravanas enteras. ¿Será verdad?
Al llegar a Taghit nos encontramos con el Explorador y Rafa, que ya han vuelto de Bechar. Nos presentan a Pedro, un motorista que viene de Madrid. Lleva dos buenas cámaras, con las que está haciendo un reportaje. Espera venderlo y sufragar así su excursión. Le acompaño al pueblo viejo y le muestro la mezquita. Pero a él no le interesa la mezquita, sino un grupo de muchachas que no se dejan retratar. Se levantan y se ocultan, con más gentileza que timidez, diría yo. Tras el fracaso, salimos del pueblo. Descendemos por una ladera, para hacer fotos de unas jaimas negras.
Vamos a quitar los termostatos de los coches y a cambiar el agua de los radiadores. Mientras tanto, Pedro nos cuenta que ha entrado por Túnez y se ha encontrado con un holandés que viajaba a Gabón en bicicleta llena de cachivaches, hasta una alarma antirrobo. Tiene diecinueve años, y en las fronteras se resisten a dejarle seguir, pero él continúa. Nos cuenta también que dos japoneses se propusieron cruzar el desierto con un carrito de mano chino. Se metieron en el desierto, y nadie ha vuelto a saber de ellos, cuenta.
También el Explorador tiene recuerdos curiosos: Me encontré a uno tirado en medio del desierto. Había tenido una pequeña avería mecánica, se encontró desconcertado y le entró la neura. Después de agotar el agua, se había bebido el agua del radiador, e incluso la colonia. Estaba tumbado a la sombra de su coche, esperando la muerte. Creí que me moría de la risa. Me deja pensativo, considerando qué poco hay de la tragedia al ridículo.
Seguimos así charlando, mientras el trabajo de los termostatos adelanta. Aquí todos nos conocemos. Y debe haber algo de cierto. Ya Pedro tenía referencias del Explorador, y el Explorador tenía referencias de Pedro. Puede ser porque todos siguen más o menos las mismas rutas. ¡Es que África es muy pequeña!, concluye Pedro. De todas las explicaciones, es la que menos me convence.
Antes de cenar, compro dos bolsas de dátiles. Durante la cena, el Explorador nos da una conferencia sobre la deshidratación y sus síntomas. Si la orina es demasiado oscura, señal de alarma. Las patatas fritas de bolsa siempre vienen bien, ya que tienen sal.
Hemos cenado en el mismo sitio de anoche. Tras un rato de sobremesa, regresamos al hotel. Ofrezco un dátil a un niño, y salen niños de todas partes que arrasan una de las bolsas. Antes de atacar la segunda se toman un respiro, que yo aprovecho para esconderla. Tienen una pelota, y jugamos al fútbol. Cuando terminamos de jugar y los niños quedan atrás, me atrevo a catar mis dátiles. Pero lo hago a hurtadillas y mirando a todos lados.
8. DESCRIPCIÓN DE UN OÁSIS
8 julio. He dormido bien. Sin embargo, me despierto mal. Es un cuadro de deshidratación, que nada tiene que ver con el que anoche nos explicaba el Explorador. Pero los síntomas son claros. Mi boca está seca, mientras mi intestino elimina líquido desaforadamente. El estómago recibe agua y más agua, que no es capaz de transferir a los tejidos.
Se que la deshidratación puede ser fatal a mi edad. Y si, con un clima todavía pasable, si con todas las facilidades para aclimatarme, no lo consigo, ¿qué me autoriza a pensar que van a ser mejores los terribles días del desierto absoluto? No puedo negar que estoy asustado. Pero a estas alturas, no puedo dar marcha atrás.
Procuro olvidarme y me aplico a desayunar incluyendo un puñado de sal. El Explorador, Pepe y José han ido otra vez a Bechar. Los demás iremos esta tarde. Si los coches están pintados, saldremos hacia Adrar y mañana jueves podremos realizar algunos de los trámites necesarios para atacar el desierto.
Entrego la mañana en visitar todo esto, a ver si me entero en qué consiste un oasis. Una vez al corriente, paso a describirlo. El auténtico oasis de Taghit es un bosque de palmeras, que corre de norte a sur por el cauce del Oued Saoura. Del lado del este, dominando el cauce, hay una meseta alargada que puede considerarse zona urbana. Más al este aún, está la gran duna, fachada de un campo de dunas que se adentra en el desierto. Es la gran duna la que preserva al oasis de las arenas del desierto. Según me hace ver el Explorador, es el juguete de todos los niños de Taghit que, incesantemente suben y bajan, es una actividad sin principio ni fin, que acaba fascinando.
El oasis puede tener trescientas hectáreas y, a ojo de buen cubero, un millar de habitantes. La meseta está recorrida en toda su longitud por una calle, con ínfulas de carretera, que es la que viene del oeste y llega al oasis. A ambos lados de esta calle hay edificios, unos oficiales, otros no. Como la meseta es alargada, lo que queda entre la calle y el cauce, ya sólo es cornisa, que se distribuye como sigue: del lado sur hay un barrio en construcción, que será el ensanche. Incluye una nueva mezquita con su minarete y su inevitable altoparlante.
Después del barrio de ensanche viene el hotel, que se llama Taghit, como el oasis. Luego, el cementerio musulmán, que se lleva la mejor tajada de la cornisa. Está cercado por una alambrada y en él se entierra a los creyentes mirando a la Meca. Los hombres, con dos piedras en la cabeza y una en los pies. Las mujeres, con dos en los pies y una en la cabeza.
El extremo norte de la cornisa tiene un castillo donde se aloja la guarnición, un generador de electricidad, un depósito de agua y, asomándose al cauce, el poblado antiguo. Descendamos ahora de la cornisa al cauce. Al sur hay otro poblado, pero mucho más disperso. Se adivina una manera de vivir completamente distinta. Aquí no hay calles que se hacen túneles, ni mezquita entrañable, ni fresca sombra. Este poblado es más caluroso y menos íntimo. Yo lo calificaría de huraño. Por doquier se ven socavones de los que se intenta sacar agua del cauce. Deben ser poco eficaces. Aquí llegan las aguas residuales, a través de una tubería medio podrida. Cuando se pudra del todo, dejarán de llegar. El vertido tiene lugar en un fangal infecto y verdoso. La ausencia de insectos me hace sospechar la existencia de alguna depuración natural que no conozco. He visto un lagarto de muchos colores que huye entre mis pies.
Del lado norte hay un pozo, protegido por una caseta azul. Me asomo a una ventana, fuertemente enrejada y veo una bomba que emboca en una tubería de tres pulgadas, por la que las aguas se elevan al depósito.
Terminada mi investigación vuelvo al hotel y apunto lo que he visto, para que no se me olvide. Pido una botella de agua mineral. Siete dinares y medio. El camarero toma los diez que le doy y desaparece. Como no vuelve, tengo que ir a buscarle para que me dé la vuelta. Un hombre muy pequeño, de pelo gris ensortijado, sucio y harapiento como un mendigo, se rasca las plantas de los pies y me pide un vaso que acabo de servirme. El agua es cara pero, ¿quién niega un vaso de agua? Luego me siento con Rafa y Mari carmen, y él viene a sentarse con nosotros. Son las ventajas del sistema socialista. No deja de haber mendigos, pero se les permite campar a sus anchas en los mejores hoteles, desprendiendo abundante olor y caspa, mientras se rascan sus miserias ex cathedra. Como invitándonos a que también lo hagamos: oiga, sin reparos, no se corte.
Después de comer nos vamos a Bechar a reunirnos con los otros. Mordin va a entregarnos el coche gris, pero el naranja y el blanco no van a estar para hoy. Hay que echar las cuentas de nuevo. Ya mañana no podremos hacer los trámites previos al desierto. No podremos atacar el desierto hasta el sábado. Vamos a tomarlo con calma, y hacer turismo.
El Explorador se dedica a sus gestiones. Recorre la ciudad a lo largo y a lo ancho. Evoluciona sin orden ni concierto, como un loco. Pero no es más que su forma de quemar energías. ¿Por qué economizar fuerzas, teniéndolas de sobra para derrochar? Mientras tanto, los demás deambulamos por los alrededores de la casa del Gran Papá, que nos ha invitado a tomar el té.
Hay un ciego sentado en la acera que toca el revel. El arco está hecho con una percha de colgar pantalones, a la que ha añadido una cuerda. El revel es también de una sola cuerda. Cuerda contra cuerda, desgrana una melopea, subiendo y bajando. La voz acompaña al instrumento, al unísono. Estoy embelesado, mirando y oyendo con devoción. Sin muchas alegrías, que el hombre es además viejo, el compás único se repite quizá por millonésima vez, ocupo un lugar discreto en un círculo de mirones, alrededor de media docena, que se renueva constantemente. Como el modelo merece la pena, se me ocurre hacer un dibujo. Y el círculo de mirones empieza a crecer y crecer como la espuma....alrededor mío, ¡qué cosas!
De repente, en tromba como siempre, vuelve el Explorador. Trae su inseparable cartera bajo el brazo y nos hace subir a la casa de Gran Papá. La vivienda podría ser española, de barriada. Se sube por una escalera y, a la entrada, está la cocina, donde la nuera hace sus labores. Saludamos de pasada, y no volvemos a verla. El salón tiene dos balcones a la calle, sobre el taller. Entrando a la derecha, hay un aparador de madera oscura. A la izquierda, un cuadro con el nombre de Alá, y un versículo del Corán en letra pequeña. Entre el armario y uno de los balcones, hay una alfombra donde nos sentamos para tomar el té y para charlar. El Gran Papá se descalza. Algunos de nosotros también, aunque nadie se siente obligado. Entra luego el hijo, que se llama Mohamed, y detrás el nieto. En el aparador hay muchas teteras, y el Gran Papá nos las muestra con orgullo.
Es el anfitrión quien prepara el té. Se trata de una operación delicada, cuyo fin es ir afinando hasta conseguir un sabor determinado. Los ingredientes son agua caliente, té verde y azúcar cristalizada en un bloque ambarino y muy compacto. Los utensilios son una tetera, una vasija para hacer las mezclas y un vasito de cristal para irlas probando. Cada gesto se realiza con unción y maestría. El resultado no desmerece. Nada tiene que ver este exquisito té verde con la grosera mezcla que tomé el día de la entrada a Bechar. Nos despedimos encantados del agasajo. Hemos disfrutado del té verde y de la hospitalidad islámica.
Todavía antes de regresar a Taghit hemos de recoger el toldo. Se supone que un toldo es imprescindible en el desierto. Una última posibilidad de sombra, cuando no hay nada que la dé. El Explorador había preparado uno en Madrid, que quedó olvidado. Para reparar el olvido, ha comprado cuatro tiras de tela de cuatro metros, y las ha llevado al sastre para que las cosa entre sí. Hemos ido a recoger el toldo, y nos encontramos con una bufanda gigante, de dieciséis metros de largo. El sastre ha hecho su trabajo uniendo extremo con extremo. Entre el general regocijo, ha sido necesario volver a empezar. Una vez terminado, regresamos a Taghit.
9. TIMIMOUN, EL OASIS ROJO
9 de julio. Dejamos Taghit a las siete de la mañana. El Explorador, Pepe y José, en el 505, van a Bechar para recoger los coches naranja y blanco. Rafa, Mari carmen y yo tiramos hacia Timimoun, de donde nos separan quinientos kilómetros. Siguiendo la consigna recibida, rodamos a ochenta o noventa, para que los coches no se calienten.
Pasado el cruce de Beni Abbes, adelantamos a un motorista que viaja sin prisas. Va embozado, lleva las piernas encogidas y los pies apoyados en el cuadro. Al adelantarle nos damos cuenta de que es Pedro, y le saludamos a gritos.
El paisaje va haciéndose más y más colorista, lo que me proporciona una ración extra de placer. Paladeo con deleite el color, sin formas ni anécdotas que me distraigan de él. Llegamos al cruce de Kerzar y, como me parece que llevo poca gasolina, paramos a repostar. Debía ser aprensión, ya que sólo caben veinte litros. En eso estamos cuando llega Pedro y le seguimos a un restaurante que no lo parece. Sin venir a cuento, nos comemos una ensalada pepino, tomate y cebolla, y bebemos un sorbo de agua. Son las diez, y reanudamos la marcha.
Todavía no hace calor. Si se saca el brazo por la ventanilla puede saberse cuándo rebasamos los treinta y siete grados. Luego, avanzado el día, sacar el brazo equivale a quemarse. El color cambia poco a poco, y es esta evolución un motivo más de gozo. Ahora el paisaje es amarillo. No es el color de la tierra, es el color de la luz. En fuerte contraste, la carretera es violeta. Luego se enrojece, y se torna azul. Comento con Mari carmen, que viaja a mi lado, cómo cada color, ante una fuerte luz como esta, llama a su complementario. Ella está de acuerdo en que no es una simple teoría.
En mitad de la nada hay barracones metálicos de una obra. El ser humano, cuando combate a la naturaleza y la sojuzga y la llena de cicatrices, se comporta como un bárbaro. Pero hay que reconocerle valor para vivir en barracones de hierro, tostándose al sol, en pleno desierto. Uno, que por un lado se avergüenza de pertenecer a la especie humana, no tiene más remedio por otro que sentirse orgulloso. Así se escribe la historia de una violencia que nunca podremos extirpar.
Mari carmen no ha desayunado, ni ha querido probar la ensalada del cruce. Tampoco quiere beber, porque el agua está caliente. Me preocupa. Como el coche aguanta bien sin calentarse, acelero la marcha hasta llegar a Timimoun. Se entra a través de un fascinante arco. Llaman a Timimoun el Oasis Rojo. Todo está lleno de formas audaces, fantásticas. Parece el decorado de una opereta. Se me hace largo el camino desde que entramos hasta que llegamos al hotel Gaourará.
Son las dos de la tarde, y ya no nos dan de comer. Ni hay agua en la piscina, que mucho nos había encarecido el Explorador. Pedimos habitaciones, que presentan la novedad de ser triples, y nos disponemos a refrigerarnos con nuestras provisiones. Rafa y yo despachamos sendas latas de anchoas con pan. Mari carmen sigue sin querer nada y, con el fin de obligarla, la trato con dureza. Sólo mucho más tarde se aviene a comer, y lo hace con visible repugnancia. No dejo de comprenderla, la temperatura es muy elevada y, preciso es convenir en ello, una dieta a base de anchoas, chorizo, latas de atún, Colacao y cosas por el estilo, no es lo que más apetece aquí. Seleccionar estas provisiones debió ser divertido, pero no racional. Ahora empiezan a verse los inconvenientes. Refrigerados a pesar de todo, vamos al bar para tomar un café. Luego dormimos una siestecita.
Las habitaciones resultan encantadoras, con camas sencillas y ropa elegante, de un color crudo. En uno de los ángulos de la estancia, que es muy alargada, está la puerta para entrar. En el ángulo diagonalmente opuesto, hay otra puerta que comunica con una terraza deslumbrante, que da a lo que parece una caldera al rojo. El edificio tiene unos muros espesísimos que mantienen frescas las habitaciones.
Abro el grifo de agua fría y, aunque debe rebasar los cuarenta grados, me lavo las manos. No me atrevo a abrir el grifo del agua caliente. Después, cojo mis papeles y mis lápices, y me echo a la calle. En Timimoun, la arquitectura es de un furor nacionalista que no he visto en ninguna parte. Lo más antiguo es de barro. Lo moderno lleva cemento, pero responde a las formas que el barro exige. Nada, absolutamente nada desentona. Diría que se ve al pueblo emerger de la tierra, pero con orgullo. Ahora entiendo porqué llaman a Timimoun el Oasis Rojo. Aquí, salvo las palmeras verdes, todo es rojo.
Va cayendo la tarde y amaina el calor. Algunos musulmanes, con vestiduras blancas o azules, se sientan en el suelo rojo, por fuera de las murallas, a disfrutar de la tarde, que se llena de una dulcísima paz. Forman grupos de tres o cuatro, y charlan con mesura. Uno se ha quitado el turbante y otro, a su lado, le afeita la cabeza.
Sentado en el malecón de la carretera, dibujo una de las puertas de la muralla. Estoy rodeado de niños que curiosean. Me olvido de la puerta por un momento e intento dibujar una niña. Tiene doce años y una curiosa trenza que parece un colmillo de elefante. De repente, nota que la miro, y echa a correr despavorida.
Poco importa lo que dibujo o lo que intento dibujar. Aquí, en el malecón de la carretera, rodeado de niños, de frente a la muralla, percibo la fragancia de un mundo islámico que no conocía. No olvidaré este crepúsculo. Recojo mis papeles y regreso al hotel. Al anochecer vuelvo a salir a la calle con Mari carmen y Rafa.
Un joven se nos acerca empujando su bicicleta. Dice que es guía de turismo y propone enseñarnos la sehbka. Le digo que no tenemos dinero, pero no le importa. Al contrario, se muestra más amistoso. Le pregunto por un restaurante económico, y nos acompaña a una bocacalle donde lo hay. Rafa y yo cenamos un cuscús. Mari carmen pide una ensalada que no se come. sigue inapetente.
Para completar la colación vamos a una dulcería, que hay al otro lado de la avenida, y compramos helados. Hay una tertulia de chicos jóvenes. Uno de ellos está comentando un escrito. Le pido que escriba algo en mi libro de notas, cualquier cosa. Me pone dos líneas en árabe que, evidentemente, no entiendo lo que dicen. La letra es bellísima, inclinada hacia la izquierda. El encabezamiento es una data que se deja adivinar. Ha escrito la fecha así: 9-7- 7891. La firma, totalmente occidental, inclinada hacia la derecha.
Nos despedimos de este agradable grupo de jóvenes que pasan un rato alrededor de unos dulces y unos cuadernos de estudio. En estas estamos, cuando llegan los restantes viajeros. Han parado en Beni Abbés, y se han bañado en la magnífica piscina municipal de Beni Abbés. La misma que nosotros no encontramos cuando fuimos, pensando que el Explorador nos había recomendado la del hotel, que estaba vacía.
10. LA SEHBKA, UNA PORTENTOSA OBRA HIDRÁULICA
10 de julio. En el vestíbulo del hotel hay un sencillo mapa de la sehbka que tiene caminos, pueblos y algunas advertencias. La terraza del hotel está orientada hacia la sehbka, un panorama deslumbrador. El guía que encontramos anoche se ofrece para mostrárnosla. Es para Timimoun lo que la duna era para Taghit, su principal atractivo. Salimos en dos coches. Nos acompaña Pedro, que llegó anoche.
A la izquierda del camino quedan las ruinas de un poblado antiguo. Me impresionan las ruinas de las poblaciones, de las casas, de las fortalezas que se traga el desierto. Mueren de forma diferente a las europeas. Son como terrones que se deshacen. En ellas queda aprisionado mucho espíritu que no tiene, me imagino, dónde ir. Aquí se masca el panteísmo y la biosfera theillardiana.
Por un camino, que no llega a carretera, nos vamos adentrando en la sehbka, que no es otra cosa que el lecho de un lago seco. Si digo que está inundada por el sol, corro el riesgo de que no se entienda la verdadera grandeza de este hecho. La sehbka es una sartén puesta al fuego, que es el sol. Es una caldera al rojo vivo, y cuando uno se asoma a ella desde la terraza del hotel, no ve el menor motivo para rebajar esta afirmación.
Es la sehbka, por otra parte, de todas las cosas que he visto en mi vida, la que más sensación me produce de estar ante el infinito. El Explorador nos informa de que antiguamente venían aquí las caravanas para llevarse la sal. Avistamos la cueva de Sidi Abderramán. Para dirigirnos a ella, nos metemos por una corta pista a la izquierda, bordeando una colina con las ruinas de una fortaleza. Bajo del coche y me quedo atrás, admirando sus agujas como los dedos de un esqueleto de barro.
Hago un par de dibujos. Para reproducir la luz, es necesario ser muy esquemático y hacer un trazo muy tenue, con lo que el resultado es efímero. Una huella de un dedo, y ninguno de los diez está muy limpio, arruina todo el efecto. Servidumbres del material.
Luego me dirijo a la fortaleza. Quiero visitarla, pisarla. Subo en diagonal por la falda de la colina, que es arenosa. Soy un punto oscuro en una superficie amarilla, rutilante de luz. La fortaleza tiene varios niveles. Un pozo, que ha podido ser aljibe o mazmorra. Puertas de sesenta centímetros de anchura, que se están desmoronando, pero en las que aún se aprecia el arco de herradura. En plan tópico, imagino las escenas bélicas, o las galantes, de que habrán sido testigos. En las partes altas de algunos muros se aprecian los alvéolos de las vigas. Un castillo más que el desierto se va tragando. ¿Cuántos años tendrá?
Con miedo de romperme una pierna, desciendo por la muralla y voy hacia la cueva. Cuando estoy llegando, oigo una algarabía. Los viajeros se han puesto a jugar a la correa con los niños del lugar. Todos están sentados en el suelo, en círculo, salvo dos: el Explorador, que mide uno noventa, y un arrapiezo de un metro mal contado, que corre tras él, con el designio de atizarle con la correa antes de que complete la vuelta, llegue al hueco libre y se siente en él. Se entabla una discusión acerca de si lo ha logrado o no.
Examino la cueva, que tiene una profundidad de unos cincuenta metros. Se ha formado por hundimiento del estrato que forma el suelo, despegándose del que forma el techo. En éste, aunque está totalmente seco, se ven incipientes estalactitas. El suelo está cubierto de arena, con piedrecillas de formas curiosas. Algunos lugareños tratan de vendérnoslas. Pero es más económico agacharse y cogerlas de suelo.
Doy por terminado mi examen y me dirijo hacia la salida, a contraluz. De repente, mi cabeza golpea en el techo y quiere quedarse atrás. El sombrero de paja me salva de una contusión, pero no de un desagradable tirón de cuello.
Regresamos. A lo lejos veo una duna amarilla, muy alargada. Su cresta, que hace de divisoria al viento, está festoneada por hojas de palmera, clavadas para cortar el avance de la arena. Es una disposición ingeniosa, que probablemente surte el efecto buscado. Pero también surte el que no han buscado. Esta duna luminosa, orlada en oscuro, por arriba las hojas de palmera, por abajo un humilde poblado que se cobija a su falda, resulta enormemente decorativa.
Una vez en el hotel y mientras esperamos para almorzar, el Explorador nos invita a naranjada. La comida transcurre en un clima de optimismo. Y el optimismo estimula la fantasía. Deberíamos tener un grito de guerra, dice Pepe. Mari carmen lo propone tímidamente. ¿Qué tal "Jerónimo"? Personalmente no le veo la punta, pero como se acepta por todos, me guardo mi opinión. Al contrario, cambio mi reserva por entusiasmo. La moral está muy alta. Esta noche dormiremos en Adrar, y mañana en pleno desierto.
A las tres y media hace mucho calor, y la gente sólo piensa en dormir. Salgo a dar una vuelta. Quiero comprender un poco esta arquitectura de estilo sudanés. El Explorador me cuenta que el arquitecto Le Corbuier vivió en Argelia, concretamente en Cartaya, de donde sacó sin duda lo mejor de su inspiración.
Me cruzo con Rafa que, más loco que yo, regresa de abajo, de asomarse otra vez a la Sehbka. Hace un viento tórrido, infernal. Abrasa y seca. Por delante de una tapia roja, con túnica y turbante de color añil, pasa un hombre sobre un asno pequeño. Sus pies pendulean al paso del animal, y las puntas de las babuchas, en su vaivén, rozan el suelo.
Bordeo la muralla, traspaso un arco y me encuentro en una de las calles interiores, pues Timimoun tiene un viejo castro amurallado. Hay adobes muy grandes apilados, puestos a secar al sol. De pié en el centro de la calle, con una incomodidad extrema, con un bolígrafo cuya punta llena de polvo no quiere arrancar, hago un apunte de la muralla, de una puerta, de un montón de adobes y de un poste de la luz. Sigo mi paseo callejeando. Las calles van entre casas y entre huertas. A pesar de lo que podría esperarse de un viejo castro, no son tortuosas, sino rectas y bien trazadas. El pavimento es de arcilla muy compacta.
Es al cruzar una de ellas cuando tropiezo con algo asombroso. Es un partidor de aguas. Aunque está hecho en el suelo, es perfecto. Con un partidor de aguas se trata de dividir un caudal en partes que guarden determinada proporción, según los derechos de cada propietario. Un partidor de aguas es muestra de un fino sentido de equidad, sin la cual no habría forma de ponerse de acuerdo. Las aguas viajan por una sola acequia, que es de todos, lo que supone un ahorro considerable. Pero esto sólo es posible, si al momento de repartir, no hay discusiones. Un buen partidor es el árbitro que dirime cualquier cuestión, y bien lo saben los que andan con las aguas y con las huertas. Este partidor, que parece de juguete, es sencillamente perfecto, y no está hecho por ingenieros titulados. Es de barro, del mismo barro del que está hecho el piso que de repente se hiende, para dejar paso a las aguas. Pero no a un gran caudal, sino a un chorrito que bien pudiera manar de cualquier fuente del pueblo. No me pregunten porqué no la pisan, porqué no falsean sus arquitos para hacer trampa, porque no lo sé. Quizá sea finura de espíritu. No me pregunten porqué el barro natural no se disuelve en el agua que corre, porque tampoco lo sé. Me dirijo al hotel reflexionando que, mientras nosotros usamos el agua como vulgares abonados, estas gentes lo usan con unción. Se nota que aman el agua.
Cuando llego, ya se están haciendo preparativos para salir hacia Adrar, que está a doscientos kilómetros. Entre Timinoun y Adrar rebasaremos el paralelo de las Canarias. Partimos a las seis y media, con cielo brumoso. El cielo, como una bola blanca, puede mirarse cara a cara. Hay una luz vacilante, como la de un eclipse. Sobrecoge. La parte irracional que hay en mí se espanta. Si yo fuera un perro, rompería a aullar. Si fuera un caballo, escaparía galopando.
Pasa un rato de rodar en caravana. Hay un cartel: Charouine. Oasis Taourirt 91. Pasa otro rato. Llegamos a un cruce. A Adrar 119. Y pasado este cruce, cambia el panorama. Ahora la arena es amarilla. El desierto que uno ha imaginado siempre. Cuando faltan noventa kilómetros, se detiene la caravana. El 505 se calienta. El depósito de Rafa está casi vacío. Ya ha anochecido, y optamos por seguir. Cuando se pare, ya se verá. Pero, contra todo pronóstico, no se para y llegamos a Adrar.
En el centro hay una plaza rectangular inmensa. Hace pensar en la Plaza Roja de Moscú. En una de sus cabeceras está el hotel. En la opuesta, la mezquita. De detrás de ella sale música y, recorriendo toda la plaza, vamos a curiosear. Encontramos un mercado. Volvemos al hotel, que tiene unos muros espesísimos. La cena es buena las habitaciones son cómodas y tienen aire acondicionado. Pero están decoradas con plásticos y metales, produciéndonos un efecto extraño, de horterada americana. José está mal de la tripa, y se acuesta sin cenar.
11. ADRAR. UN LARGO BAÑO. ASALTO AL DESIERTO
Adrar es también de color rojo, pero no como Timimoun. Hay una zona muy cuidada, que es la plaza y sus alrededores. El resto crece a su aire. Se nota menos cariño, pero más naturalidad.
La sensatez parece haber descendido sobre los viajeros, y se piensa en hacer preparativos. Aunque sin exagerar. Hay que proveerse de planchas y palas para desatascar los coches de la arena. Claro que las planchas, que yo imaginaba de metal ligero, convenientemente estriadas, se reducen a dos simples tablones robados en una obra.
Hay que preparar envases individuales para el agua. Forramos con arpillera unos bidoncitos de plástico. Las costuras que hacemos sonrojarían al hombre primitivo. Pero la arpillera así sujeta y permanentemente húmeda, mantendrá el líquido fresco.
Hay que repostar gasolina, comprar sales para evitar la deshidratación y frutos secos. Como los dátiles y las sales son idea aportada por mí, allá yo. O me ocupo personalmente de agenciarlos, o nos vamos sin ellos. ¡Qué remedio!
(Nota del editor: mi tío se empeñó en seguir una extraña dieta a base de dátiles y sal a puñados, que junto con el calor y el agotamiento, le llevó al borde de la muerte, como relata más adelante.)
En el mercado es fácil encontrar dátiles secos. En la vida los había visto. Son como un trozo de leña, más baratos que los frescos. Tengo que dar muchas vueltas buscando los habituales. Finalmente los encuentro. El vendedor inclina el cesto y, con los dedos de ambas manos, separados y engarfados, de abajo arriba, va acariciando la superficie y recogiendo los que de ella se desprenden. Es su forma de no castigar la mercancía. Compro dos kilos. Por mi condición de extranjero, tiene el detalle de pesarlos. Me fijo en que en este mercado se sopesa a ojo, y sólo si hay disconformidad se recurre al arbitraje de una balanza.
Para comprar sales busco una farmacia preguntando a los lugareños. Cada uno que abordo me estrecha la mano y me atiende muy amablemente. menos amables son en la farmacia. Me despachan sales de fabricación francesa, a un dinar cada sobrecito.
Hechos los preparativos, nos dirigimos a iniciar la cumplimentación de los trámites de salida, en Adrar. Luego regresaremos al hotel, y en Bordj Moktar, que está a casi 800 kilómetros hacia el sur después de atravesar el Tanezrouft, haremos los trámites restantes.
El puesto fronterizo de Adrar consiste en media docena de edificios en un recinto tapiado. Como me he quedado atrás, merodeo entre los edificios en busca del que corresponde, en medio del silencio y de un calor asfixiante. Cuando ya la búsqueda me va irritando, resulta que el que corresponde es el primero, entrando a la izquierda. Ahí están todos esperando, en pié ante el mostrador, pues no hay dónde sentarse. Tras el mostrador, la pareja ideal para un interrogatorio en regla, un agente muy severo y otro comprensivo, que interviene de tarde en tarde. Tras una puerta un tanto misteriosa, el chef.
Me entretengo en leer un impreso que hay en el tablón de anuncios: "Pour arriver au poste fronterier de Bordj Badji Mokhtar, vous devez traverser le Tanezrouft, le desert le plus absolu du monde". Despierta mi morbo, y sigo leyendo. Advierte que, para la travesía, el viajero no podrá contar más que con sus medios materiales y psicológicos. Pido para mi recuerdo e ilustración un ejemplar del impreso y me dicen que no tienen, así que me entretengo en copiarlo: "La traversée ne dependra que de vos propes moyens matériels et psychologiques. Sur une piste de environ 700 km., tantôt rocailleuse, tantôt sableuse, aucun point d'eau ni autre point d´ápui ne s'y trouve. En cas de dégâtement, vous vous arretez, et vous attendez les secours. Ne pas s'affoler, mais vous faire signaler à tout avion de reconnaissance. Bon voyage".
Me alegro de que no me hayan proporcionado un papelito de tan mal agüero. Sería preferible viajar con un buitre.
Una vez terminados los trámites aduaneros, nos vamos a repostar gasolina. Llenamos los bidones que para eso traemos. Luego entramos a comer en una tasca próxima a la gasolinera. Estamos en ello, cuando noto que algo raro me pasa. No están en su sitio los puentes que completan mi dentadura. ¡Me los he dejado en el baño de mi habitación del hotel! Por no ponerme en ridículo, suplico al Explorador que me haga el favor de reclamarlos, y se compromete. Pero luego se le olvida, y se va con los demás a la piscina. Tengo que hacer yo, ¡válgame Dios!, que hacer el trabajo en mi pésimo francés, haciéndome entender con gestos que me venden. Seguro que todo el mundo se entera de que tengo piezas falsas en mi boca. Me mirarán como a un falsario. Mis orejas se ponen rojas, mi rostro arde, mis manos sudan. Y el conserje no se entera de lo que le estoy intentando explicar. Finalmente me da la llave de la habitación que he ocupado, la 206, pero no encuentro nada.
Vuelvo a devolver la llave y encarecerle que, si aparecen, me avise. Pero veo el caso perdido, y me veo comiendo el resto del viaje en inferioridad de condiciones. Conmovido quizá por mi visible consternación, el conserje no me abandona. Sale de su mostrador y me lleva por los pasillos, preguntando a todos los empleados. Vemos al encargado de la limpieza tirando del carrito de la basura. Recuerda exactamente lo que ha echado dentro, escarba y encuentra "les ponts de ma bouche", con su sonrisa autónoma. Me abstengo de darles una propina, bastante tienen con las risas que se han echado a mi costa.
Me dirijo a la piscina, donde están los demás, y paso en ella una hora metido en el agua, que está caliente. Mis tejidos, por ósmosis, se vacían. Tengo las yemas de los dedos como pasas. Me recuesto en el agua, con la cara hacia arriba. Todos mis miembros están flojos, abandonados. Dejo caer los párpados, y el mundo se hace impreciso. A mis oídos llegan voces con desconocidas resonancias. Mis ojos cerrados ven rojo. Mi imaginación alimenta mi somnolencia. Poco a poco mi condición se va alejando de la realidad actual.
Poco a poco me voy persuadiendo de que estoy perdido en el desierto. El sol es implacable. La sed me abrasa, y todo va a terminar para mí. Pero de repente abro los ojos, y vuelvo a una realidad grata, arrancado de un sueño de penalidades, gratuitamente vividas. José está sentado en el borde de la piscina, con los pies en el agua. En cada pié tiene dos dedos unidos. Pienso que será favorable para nadar.
El baño termina, y nos dirigimos a Berkane, a 130 kilómetros de Adrar. Por el camino se ven argelinos haciendo auto-stop en las ardientes paradas de autobús. Son los últimos restos de vida antes de adentrarnos en el desierto. Me desazona no parar y recogerles. De Berkane a Reganne nada cambia, salvo que todos nos vamos concentrando más y más en nuestros propios pensamientos.
A las siete y diez de la tarde, repletos de gasolina y agua, dejamos atrás la última casa de Reganne y emprendemos el asalto al Tanezrouft. Al coche de José le falla el encendido. Salimos del asfalto, que no volveremos a pisar hasta 1317 kilómetros más hacia el sur. Al principio de la pista hay una tapia caprichosa, con dos machones y seis ventanitas. Es la puerta del desierto, sin otro sentido que el espíritu reverente del ser humano ante lo decisivo, lo imponente. Paramos a hacer unas fotos y a recibir las últimas instrucciones del Explorador. Lo primero que nos vamos a encontrar es la tôle ondulée, la chapa ondulada. Es muy molesto para conducir, pero no es excesivamente peligroso, si se va a velocidad moderada. Luego aparecerá un repecho. Hay que tener cuidado, porque al otro lado hay mucha arena acumulada. No se ve, y es fácil quedarse atrapado. Por la arena hay que arrancar despacio y rodar deprisa. Vamos en fila india. Cada uno tiene que seguir al que va delante, controlar de vez en cuando al que viene detrás. Si alguno se para, nos detenemos todos. Vamos juntos, y el problema de uno es el problema de todos. Hay que pararse en terreno duro y alto. Los guijarros suelen indicar ausencia de arena.
Siguen acumulándose consejos que renuncio a memorizar. Imagino que a su debido tiempo irán cobrando significado. De momento confío más en la lógica que en la memoria, aunque ni con una ni con otra las tengo todas conmigo. Llevaremos las luces encendidas, y así cada uno sabrá si los demás le siguen. Y ahora, adelante y buena suerte. ¡Jeronimooooo! Proferimos el grito acordado y arrancamos uno tras otro.
En cabeza va el 505 del Explorador. Le acompaña Mari carmen. Yo voy segundo. La tôle ondulée hace honor a su fama. Se forma por el rodar de los camiones cuando el pavimento está blando. La trepidación que viene del volante se extiende por todo el cuerpo. Es ciertamente abominable. Ahora si que estamos en pleno desierto. Ha desaparecido hasta el último vestigio de personas, animales o plantas.
Súbitamente, sin anunciarse, aparece el repecho comentado por el Explorador, que nos hace una seña con la mano desde su vehículo. Recuerdo que detrás hay una trampa de arena y, por actuar en consecuencia, aprieto los dientes sin que se me ocurra ninguna otra medida mejor. Siento que peso más, subo la rampa, la domino y veo al otro lado, lo que son las cosas, al 505 del Explorador atrapado en la arena. Todos vamos llegando. Paramos en sitios altos donde hay guijarros y celebramos el incidente. Sin sarcasmo, porque el primero en reírse es el Explorador.
Sacamos la pala y los tablones, y empezamos a trabajar con ardor. Yo me tumbo en el costado derecho, y con los brazos escarbo como un perro, mientras me abrasan la arena y la chapa del coche donde me apoyo. Pronto libramos al prisionero y seguimos la marcha. Apenas hemos recorrido diez kilómetros, cuando otra vez se traba el Explorador. Ha enfilado un caballón de arena y no logra rebasarlo. Puede más el caballón que el coche, y queda cabalgando sobre él. Esta vez lo celebramos menos.
Mientras estamos en la nueva faena, a nuestra derecha vemos a otro grupo de viajeros metidos en un problema similar. Les saludamos con la mano. Más adelante volveríamos a tener noticias de ellos. Son franceses, y no todos llegarán a su destino.
Ahora la marcha se hace frenética. Me siento poseído de agresividad. Algo me inspira que hay que arrollar los obstáculos, antes de sucumbir en ellos. Me he metido en el polvo que levantan otros coches, y viajo completamente a ciegas. A ciegas tropiezo con piedras. A ciegas salvo baches. A ciegas doy virajes cuando presiento que la arena se hace espesa. Y a ciegas recorro kilómetros y más kilómetros sin despegarme del Explorador, que me precede. Es tan a ciegas todo, que puede decirse que viajo en un puro acto de fé.
Guardo de esta primera etapa por el desierto un recuerdo de pesadilla. He hecho total abdicación de mi libre albedrío. Si se me hubiera ocurrido separarme un poco, hubiera podido ver y conducir por mi cuenta. Pero no se me ocurre. Actúo bajo la tiránica consigna, que ciertamente nadie me ha dado, de "adelante sin despegarse".
Las detenciones son numerosas. Ahora por ti, luego por mi. Mi primer incidente tiene lugar cuando nos estamos deteniendo porque se ha atascado Rafa. Yo también quedo a horcajadas sobre un caballón de arena, que se mete bajo mi chasis dejando mis ruedas al aire. Cada percance desencadena un despliegue de energías total. Todos competimos en ello, como adolescentes. Pronto voy a pagar un esfuerzo al que no estoy acostumbrado.
Cada vez que se reanuda la marcha, vuelvo a preservar en mi error. Sigo inmerso en nubes de polvo, tratando de no perder las luces de delante y dando tumbos sin pararme a pensar cual es la causa ni cual puede ser el efecto. La noche ha caído. Llevamos un rato sin incidentes, cuando veo pararse el coche del Explorador. Yo también me detengo. ¿No viene José detrás de ti? Me doy cuenta de que no. ¿Hace mucho que falta? Yo no lo sé. No es que no haya entendido el plan de marcha fijado, es que para mí, se ha convertido en una consigna imposible. ¿Cómo voy a saber dónde está José, si ni siquiera se dónde estoy yo?
El Explorador se muestra visiblemente contrariado, y da media vuelta para buscarle. Para buscar a todos, pues nos damos cuenta con desaliento que la caravana se había visto reducida a nuestros dos coches. Va a deshacer el camino, y me ordena que espere con Mari carmen. La luna ha salido iluminando el desierto, y no hay viento, de modo que debe ser fácil seguir las rodadas. El silencio es total. Adquiere peso. Se hace penetrante, como el bordoneo de un abejorro.
Mari carmen se asusta. Pretende que volvamos también para buscar a los demás. Me niego. Pero tengo que esforzarme en tranquilizarla, con lo que no puedo absorber todo el encanto de la situación. Por otra parte, empiezo a no tenerlas todas conmigo.
Finalmente, después de una espera de más de una hora, algo en el horizonte parecido a una luz se acerca. Uno tras otro, llegan los cuatro coches. Recibo sin humildad una bronca del Explorador. En su última parada, a José le falló el encendido, y no pudo arrancar. Yo no lo advertí. Soy castigado a abandonar el segundo puesto y pasar al último. No admito la bronca, pero encuentro justa la condena. Damos por finalizada la primera etapa del desierto. Cenamos a la luz de la luna llena, y nos echamos a dormir. Son las doce y media.
12. EL TANEZROUFT. LLEGADA A BORDJ MOKTAR.
Nos levantamos a las cinco y media. Desayunamos. Nadie crea que nuestras comidas tienen orden ni concierto. Cada uno entra a las provisioines según su inspiración del momento. Pronto nos ponemos en marcha. Sin aprender la lección de ayer, emprendo la marcha con la misma irracionalidad. Una fuerte adhesión al Explorador me impide separarme de él. Sospecho que mi inclinación tiene algo que ver con esa cosa inconfesable que se llama miedo. Pero es un miedo singular, que no me produce ansiedad, que no me hace sufrir. Sólo enerva mi libre albedrío, vicia mi voluntad y me convierte en una rémora fanáticamente fiel.
Vuelvo a meterme en la nube de polvo que levantan los coches de delante, y no veo otra cosa que nubes de polvo. Como los atascos en la arena son frecuentes, el Explorador toma la decisión de quitar aire a los neumáticos. He perdido la noción de atascos y paradas, y algunas otras nociones. Ya no son nubes de polvo las que me rodean. Poco a poco se han ido convirtiendo en una niebla gris que me invita a soñar. No tengo sensaciones de frío o calor que me orienten. Mi imaginación vuela, mientras allá abajo van pasando las horas. Estoy alucinando.
Si alguien me pregunta por esta jornada, debo decirle que sólo me acuerdo de un viaje por una autopista sin curvas, ancha y cómoda. Por la derecha corre un caudaloso río, bordeado de altísimos y fresquísimos árboles. Por la izquierda está flanqueada de eucaliptos, y entre los eucaliptos hay altas y escabrosas rocas. No se cuanto tiempo permanezco en esta duermevela, interrumpida por algunas paradas en las que vuelvo a la realidad. Pero devuelto otra vez al sueño, este se hace realidad, y la realidad se hace sueño.
Hay un momento, que no sabría situar en esta jornada de alucinaciones, en que el Explorador nos hace parar. Hemos llegado a una ilimitada llanura en la que el suelo es totalmente llano y sin obstáculos. Podemos desplegarnos sin temor. Nos sumergimos en una nueva y regocijada sensación. Desplegados en batería, a veinte metros unos de otros, que van ensanchándose hasta quizá cien o más, nos lanzamos aullando y haciendo sonar los claxon. Nos sentimos como el séptimo de caballería lanzado a la carga, gozando de espacio y libertad garantizados.
Hasta que, a una nueva señal, volvemos a concentrarnos. Nos detenemos en un cartel de metal pintarrajeado que indica el Trópico de Cáncer. Pepe nos hace una foto. De izquierda a derecha: Rafa, yo, Mari Carmen, El Explorador y José.
Una vez más se reconstruye la caravana y una vez más vuelvo a hundirme en el polvo. Pero empiezo a sospechar mi error. El calor va cediendo, y el Explorador se desvía. Nos conduce a un lugar donde hay vestigios de la actuación humana. Estamos en el Poste Maurice Cortier, donde efectuaron los franceses su primera prueba con bombas atómicas. El lugar también se llama Bidón 5, que es como figura en el mapa. Quizá tenga que ver algo con un tubo de acero de unos tres metros de diámetro y cinco de longitud, parcialmente invadido por la arena. Todos nos hemos metido en dicho bidón para protegernos de un molesto viento que nos arroja la arena contra las piernas. Alguien ha repartido unas bolsas de patatas fritas, muy recomendadas por el Explorador para combatir la deshidratación.
Después de una hora de descanso, se da la señal de marcha. Hago un esfuerzo para considerar la situación, y en un momento de lucidez me doy cuenta de mi agotamiento. Me confieso con franqueza, y todo cambia. Ahora encaja porqué el Explorador me irritó tanto al reñirme, y el porqué de mis alucinaciones. A raíz de mi confesión, ya no tengo que mantener el tipo procurando ser el más esforzado y el más animoso. Es en una de las últimas paradas antes de Bordj Mokhtar cuando hago públicas mis conclusiones. Estoy agotado, digo al Explorador, resumiendo la situación. Y él reacciona de inmediato preocupándose de que no vuelva a hacer ningún esfuerzo. Incluso se excusa por su aspereza de anoche.
Un poco más, y llegamos a Bordj Moktar. En dos días, que yo he pasado fuera de mí mismo, hemos atravesado el temido Tanezrouft, que con tan malos augurios se nos anunciaban en la aduana de Adrar. Según el Explorador, hemos hecho lo peor del recorrido. Pero los acontecimientos se encargarán de demostrar lo contrario.
Bordj Moktar es un puñado de edificios de mala muerte. Una aldehuela que bastante tiene con no disolverse en el desierto. En la aduana adopto una actitud pasiva. Dejo que el Explorador responda de todo por mi. Los gendarmes, aunque sin delicadeza, lo comprenden y aceptan.
Merodea por ahí un sueco que viaja con diez camiones rusos. Tiene que llevarlos a Malí y busca conductores.
Terminados los trámites, nos dirigimos a un bar asentado en una casa de barro, donde todos se lanzan a los refrescos. Yo sólo quiero mojar mi cabeza y tumbarme. Mi bidoncito contiene todavía un poco de agua de modo que, tan pronto como me veo a la sombra, lo destapo y la vierto sobre mi nuca. En el bar hay varias personas, entre ellas un niño Tuareg. Nunca olvidaré su cara de espanto al ver lo que hago. Es posible que hubiera comprendido mi estado de necesidad al verme desfallecer de calor y de cansancio. Pero no fue capaz de comprender que alguien cometiera el sacrilegio de echarse agua por la cabeza, porque el agua aquí es mucho más que esas menudencias. Tampoco se me olvidará la desesperación con que se volvía a uno y otro lado, como buscando alguien con fuerza para impedir el sacrilegio del extranjero.
Me tumbo junto al mostrador procurando descansar y dar una cabezada si llega el caso. Cierro los ojos y me olvido de todo. A despecho de mi lamentable estado, la tarde sigue discurriendo. Me levanto al cabo de un rato y deambulo por ahí, que es lo que hacen todos. Pronto se duerme el pueblo, y nosotros con él, al raso. Durante la noche se levanta viento con arena. Es el simún, pero no le hago caso. Me embozo en mi saco y duermo.
13. LLEGADA A MALI. TESSALIT.
13 de julio. También hoy madrugamos. Silencioso, casi desapercibido, se ha presentado el sueco. Trae en la mano una botella de agua forrada con arpillera, como nuestros bidoncitos. Al parecer, ha acordado con el Explorador que conducirá mi coche. Eso le va a permitir llegar a Tessalit, donde le esperan sus camiones, y a mi, viajar descansado.
Partimos a las seis y media. La atmósfera está llena de polvo en suspensión, el que anoche levantó el simún. Me siento un poco humillado, pero viajar de copiloto me va a permitir poner mis notas al día. Observo al sueco conduciendo a mi lado con toda tranquilidad. "Es un buen conductor para el desierto", anoto en mi cuaderno. "Observa lo que le rodea y encuentra siempre el paso más apropiado". Inmediatamente me doy cuenta de lo superfluo de mi observación. Pues, ¿cabe imaginar otra forma de conducir en el desierto?
Es ahora, reflexionando a toro pasado, cuando me doy cuenta de lo equivocado de mi comportamiento, intentando seguir las huellas del Explorador de una forma tan encarnizada. Creo que mi agotamiento, más que a haber escarbado en la arena como un perro para desatascar los coches, se debió a la tensión mental que desde el primer momento me unió al de delante como un hilo de acero. Así sigo reflexionando y recriminándome en mi fuero interno. Eso sí, mansamente, indulgentemente.
Cada cinco kilómetros hay un hito grande y blanco que marca la ruta. Pasados unos cuantos, entramos en algo que se parece a una pista, firme, ancha y de largas rectas pero que, tan pronto aparece como desaparece. Por poniente se insinúa una coloración rosada que, a despecho de la atmósfera aún espesa, permite distinguir la tierra del cielo, que es gris. Aparecen acacias espinosas y algún camello. El desierto ya no es el espantoso Tanezrouft.
Chapurreando, hablo con el sueco, y compruebo lo malo que es mi francés, que no me permite hablar de lo que pienso. Solo puedo utilizar las palabras que recuerdo. Me dice que un amigo suyo se murió, cosa que no me impresiona por eso de que no somos nadie. Pero me impresiona luego, cuando la historia me la traduce el Explorador. Hace tres días el amigo del sueco se murió mientras intentaba desatascar de la arena el camión que conducía. Una lipotimia.
Frase tras frase, kilómetro tras kilómetro, como quien no quiere la cosa, llegamos a la frontera de Malí. Y resulta que, después de tantos controles, de tantas aduanas, ahí está la frontera sola, desprotegida, sin que nadie la haga caso. Hay sólo un muro con unas pintadas y una columna. Como hicimos en el Trópico de Cáncer, le dispensamos los honores de unas fotos.
Proseguimos, rodando a unos 60 kilómetros por hora. Vamos penúltimos. El último, José. Todos conducen con soltura, relajados. A veces nos distanciamos y pasan kilómetros sin ver los demás coches. Sin embargo, están ahí.
De repente, cuando más confiados vamos, surgen problemas. El Explorador manda parar y, como una flecha, toma una dirección imprevista. No se qué instinto le ha hecho reaccionar, pero sin menor vacilación, ha hecho una maniobra de perro pastor y ha reconducido a José, Pepe y Rafa, que habían extraviado el camino.
De nuevo reunidos, vuelve a destacarse para verificar la ruta. Cuando regresa, el coche de Rafa no arranca. Entre el Explorador y el sueco, que es otro experto en mecánica, arreglan la avería en un santiamén y se reanuda la marcha por una llanura infinita. A través del polvo en suspensión puede mirarse el sol cara a cara. Son las ocho y veinte de la mañana.
Ahora la caravana describe una curva, elegante y lánguida. Los coches, distantes entre sí unos cien metros, parecen avanzar a su aire. Se me ocurre imaginar que llevan las riendas flojas. De mi bolsa cinturón saco un pañuelo y limpio el polvo que se ha depositado en mis gafas. De tarde en tarde veo plantas secas, raquíticas. Se divisan suaves dunas a la derecha del camino, que ahora es bien patente. Esto es el Sahel, que se pone verde en la época de lluvias. Y como estamos en ella, veremos hermosísimas praderas hasta llegar al Níger.
Un hombre y unos chiquillos, saliendo de la nada, corren para cortar nuestra trayectoria. Agitan una botella, y hacen señas imitando el acto de fumar. Está claro que piden agua y tabaco. Diríase que sus necesidades de beber y de fumar son extremas. El sueco, con excesiva dureza, dice que piden por vicio, y no se detiene.
En medio de la bruma, como un buque saliendo de la niebla, aparece una cadena de montañas. Pero antes de llegar a su pié, hay que parar. El coche de Pepe se calienta y , después de detener el motor, continúa mugiendo un buen rato. El terreno se ha ido haciendo gris, casi negro, aunque sigue habiendo trechos en que es rubio. Al pié de los declives se acumula la grava. Pregunto al sueco si es basalto, y me dice que de eso no entiende.
Estamos ya cerca de Tessalit, que es la entrada de Malí, como Bordj Moktar era la salida de Argelia. Ambas poblaciones distan 160 kilómetros. El terreno se ondula. Rodeamos una colina negra que queda a nuestra izquierda. Aparecen chiquillos que corren rodeando nuestros coches. Dejamos detrás un pozo, pasamos junto a un cartel que dice "douanne", y ya estamos en Tessalit. Son las diez y media de la mañana y la temperatura, gracias al polvo en suspensión, es todavía fresca.
Lo que hiperbólicamente pudiera considerarse el casco de Tessalit, no se diferencia del desierto, por lo que entramos según venimos. Es un error, y unos gendarmes vestidos de azul chillón nos sacan de él, haciéndonos retroceder para que entremos bajo un palo, que hace las veces de puerta, y en el que no habíamos reparado. El Explorador maldice por lo que considera un capricho humillante. A mí me parece algo ritual, casi supersticioso. Me resulta divertido, y absolutamente respetable.
Al contrario que en Argelia y olvidando el incidente de la puerta, aquí no se distingue lo que son saludos y bienvenidas de lo que son trámites. Mujeres hermosísimas se deslizan por doquier. Saliendo de no sé dónde, una, ataviada de glasé, viene a charlar con el Explorador. Lleva gafas grandes, graduadas, que le dan aspecto de universitaria. Tiene una hermosa sarta de dientes, potentes y sanos, y una piel bellísima de satén negro. No dejo de recrearme en lo que veo. Pero desde que he bajado del coche, ha vuelto a apoderarse de mí el agotamiento.
Je suis fatigué, digo a todo el mundo, en francés. Pepe me ofrece una pastilla de no sé qué vitamina, que me tomo sin discutir. La verdad es que me alimento poco. Luego nos dirigimos a un bar. Me desentiendo de todo y me tumbo, una vez más, en el suelo, donde permanezco tres horas, presa de absoluta postración. Ningún intento de levantarme sirve para otra cosa que para postrarme más.
Finalmente abro los ojos, y veo a mi lado una mujer, sentada en un taburete, que me pregunta cómo me encuentro. No se quién le ha mandado cuidarme. No se si leo en sus ojos curiosidad o protección. Sólo sé que me atraviesa una sensación de bienestar fulminante, como una descarga eléctrica. Esta mujer, que me cogió con la guardia baja por el agotamiento, me miró desde arriba, sin ninguna petulancia, yo diría que con dulzura, y me dio algo que me hizo sentir una paz interior que no recuerdo haber sentido nunca. Después, la mujer cogió su taburete, se fue, y no volví a verla.
Algo repuesto al fin, me levanto y salgo fuera. Me doy cuenta de que me curiosean. Algunos reparan en una vena que se marca en mi pantorrilla, y quieren tocarla. Es una variz que he tenido siempre. Comento el caso con el Explorador, que me devuelve la tranquilidad. Dice que despierto su admiración y su respeto. Alguien les ha dicho que tengo cincuenta y ocho años, y para ellos tiene mucho mérito haber sido capaz de vivir tanto.
Almorzamos en casa del Francés, echando mano de nuestras provisiones. Después de almorzar procedemos a seleccionar un chofer local que va a conducir mi coche hasta Gao. En la misma mesa donde hemos comido, se establece el tribunal, por el que van desfilando varios candidatos. Se ha corrido la voz, y unos cuantos esperan su turno. El primero es joven, alto, bien parecido y vestido de azul, a lo Tuareg. Pero no tiene carné de conducir, y el Explorador lo rechaza. Después de examinar a varios, contratamos a Yaya, que sí lo tiene. Según nos dice, ha conducido camiones por el desierto. El precio convenido es de cuarenta y cinco mil francos CFA, pagaderos al llegar a Gao. Un franco CFA vale cuarenta céntimos de peseta, no porque lo diga el gobierno, como ocurre en Argelia, sino porque los vale. Es una moneda que acuña el Banco Central de los Estados del África Occidental, o sea, Francia. En los billetes aparece una advertencia de tufo más que autoritario: "Les auteurs ou complices de falsification ou de contrefaçon de billets de banque, seront punis conformement aux lois et actes en vigueur"
Yaya tiene edad indefinida y es de tipo ascético: nariz achatada, labios prominentes y dientes superiores muy separados. Lleva un gran turbante negro, que le imprime carácter. Yaya sin turbante viene a ser como una vergonzosa interioridad de Yaya con turbante. Además, masca tabaco. Una razonable observación de Yaya, después de algunos días de convivencia, me permite hacer el siguiente enunciado: cualquier actividad sustantiva de Yaya se realiza acompañada por una, dos o tres de estas actividades adjetivas:
1. Masca tabaco, obteniendo con ello una abundante provisión de saliva.
2. La lanza a gran distancia entre sus dientes separados, por el procedimiento de presionar la lengua sobre el paladar, con maestría de verdadero profesional.
3. Se pone y se quita el turbante, permitiendo en rápida sucesión comprobar la superioridad del con sobre el sin. Para ponérselo, realiza un movimiento circular de regadera, dejando caer metros de tela negra.
Antes de partir, voy con Yaya al pozo, para coger agua. Está en un recinto tapiado con muros de barro. Tiene unos diez metros de profundidad, y está revestido por neumáticos, uno sobre otro. Es una solución eficaz, pero no tengo ni idea de cómo puede haberse ejecutado. Por el conducto interior, baja el cubo sujeto por una cuerda que se desliza entre las manos. A nadie pedimos permiso ni a nadie damos cuenta, ya que el pozo es de la comunidad.
A las seis de la tarde, Yaya al volante de mi coche, salimos hacia Gao, que dista algo más de quinientos kilómetros. Un sexto coche ha aumentado la caravana. Es de uno que trabaja con el Francés. Todo el día he oído hablar del Francés. Debe ser el amo del pueblo, pero hoy está de viaje, y no le he conocido. En atención al Francés ha admitido el Explorador al sexto coche, que anda mal de batería, y no puede darnos más que problemas. Voy hecho un paquete, vencido por el calor. Yaya me anuncia que va a llover, ¡ojalá!
La caravana rueda con intervalos iguales, disciplinadamente. Cae la tarde. Aprieta el calor y no llueve. De repente, estalla un viento impetuoso. Parece que es una señal para que el coche se pare. Como no hemos subido los cristales, que se accionan eléctricamente, nos tragamos la tormenta entera. Entra por nuestras ventanas toda la arena del desierto. Los demás han continuado adelante. Acurrucados en nuestros asientos, sentimos impotentes cómo las sucesivas oleadas de polvo se van depositando sobre nosotros.
¿Cómo se llama este viento?, pregunto pensando que cualquier ocasión de aprender es buena. Genú, me dice Yaya. Pasamos de esta forma una hora de resignación fatalista. Pero al fin el viento, tan súbitamente como empezó, cesa. No ha llovido, pero ha refrescado un poco. Llega el Explorador. Todos se han detenido a quinientos metros. Examina nuestro coche. El problema está en la llave, que no gira, ni volverá a girar. El Explorador hace un puente en un periquete. Decide que acampemos cuando ya es noche cerrada y no queda rastro de viento. Sacamos nuestros pertrechos y nos tumbamos al aire libre. Ahora el ambiente es delicioso, y no tardamos en conciliar el sueño.
Cuando más felices estábamos, se oye el grito del Explorador: ¡A los coches! Son dos o tres segundos los que tardamos en despertarnos, recoger nuestros sacos y meternos en los vehículos. Falsa alarma. Ha visto un reflejo amarillo en el horizonte, y ha pensado que era otra vez el viento. También los exploradores pueden equivocarse. Si no, no habría aventuras.
14. MEDICINA AFRICANA
14 de julio. Como primera medida, tomo mis pastillas de resochin para prevenir el paludismo. Emprendemos la marcha a las siete de la mañana. Hay que empujar al sexto coche, que no arranca. Yo me considero de baja, y soy el único que no empuja. El Explorador me ha ordenado reposo absoluto. Después de la primera arrancada, el sexto coche rueda un poco y vuelve a pararse. Nuevos empujones y nueva arrancada, tan efímera como la anterior. El Explorador levanta el capó y, con ayuda del chofer, empieza a hurgar. La cosa debe ser difícil, y la operación se alarga.
Todos nos impacientamos, merodeamos, estorbamos y empezamos a sentir el peso del calor, pues el día va avanzando. José, valiéndose de un par de bidones vacíos, hace un solo de batería, y con eso nos distrae un rato. Luego se cansa y empieza a jugar con un boomerang de plástico que se ha traído en su equipaje. Vaya usted a saber cual era su idea al venir a África con un boomerang. Poco a poco va logrando que retroceda. Puede decirse que ha adquirido una pericia muy moderada. No consigue que vuelva a sus manos, pero si a mi pierna, en la que hace un buen corte. Es una herida curiosa que, al principio sangra, luego se seca y, después de unos días, desaparece sin haber formado la clásica costra de las heridas que sangran. Deben ser las ventajas del aire seco del desierto. También debe ser ventaja que, a pesar de la transpiración y de que no nos lavamos, no apreciamos otra suciedad en nuestros cuerpos que una espesa capa de polvo.
Pasan dos horas sin que el sexto coche de señales de arrancar. El Explorador, visiblemente irritado, da orden de regresar a Tessalit, donde vamos a devolver esta alhaja. Lo remolca él, al volante de mi coche. Yaya se ha pasado al 505 y yo me he subido al de José, que va ataviado con un turbante negro que se compró en Ain Sefra.
Encontramos muchos charcos, prueba de que anoche llovió, pero no nos dan problemas de momento. Sí el cable del remolque, que se suelta continuamente. Los pinchazos de las ruedas son cada vez más frecuentes, como consecuencia de la presión que les quitamos al principio del desierto. Tememos quedarnos sin repuestos, de modo que aprovecharemos la vuelta a Tessalit para revisar todos los neumáticos. Cuando llegamos, son las dos de la tarde.
Hemos perdido otro día. Desalentado, me refugio donde me dicen y hago lo único que mi desaliento permite: tumbarme a descansar. Esta vez cuento con una colchoneta que alguien me trae. Sólo puedo agradecérselo muy lánguida